La pértiga espiritual invisible que sostiene todo

La vida cristiana, especialmente el liderazgo, es caminar logrando un continuo equilibrio inestable.

18 DE ENERO DE 2026 · 08:00

,pértiga equilibrista, funambulista

Liderar sin caer ni romperse (2)

La pasada semana hablamos sobre que el liderazgo bíblico no es ausencia de tensiones, sino saber vivir en medio de ellas. En una palabra: equilibrio. No como tibieza, sino como madurez. No como neutralidad, sino como vida centrada.

Y si tuviésemos que sintetizar todo el equilibrio cristiano en una sola imagen, sería la del funambulista. Quien cruza una cuerda floja no lo hace mirando obsesivamente sus pies. Su estabilidad depende de la pértiga que sostiene y del punto hacia el que avanza. Mientras la pértiga se mantiene horizontal, el cuerpo —aunque tiemble— se ajusta.

En la vida cristiana, esa pértiga es la relación viva con Dios. El equilibrio no se alcanza mirándose a uno mismo, sino sosteniendo con firmeza aquello que gobierna todo el sistema. “Separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5), dice Jesús, desmontando cualquier ilusión de liderazgo autosuficiente. La vida no se equilibra por fuerza de voluntad, sino por permanencia.

Este punto es crucial: la relación con Dios no es perfecta ni estática. Oscila. Hay temporadas de mayor intimidad y otras de mayor exigencia externa. El peligro no está en la oscilación, sino en no detectarla a tiempo. Marta y María representan dos desvíos posibles: contemplación sin obediencia o activismo sin comunión. Jesús no condena ninguna de las dos cosas; corrige el desorden del corazón.

La intimidad auténtica siempre produce obediencia, y la obra sana siempre nace del permanecer. Cuando una se separa de la otra, aparecen síntomas claros: o mucha “espiritualidad verbal” sin decisiones concretas, o mucho servicio sin gozo, sin oración... sin primer amor.

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Microajustes para evitar la caída

El funambulista no espera a caer para corregir; hace microajustes constantes. De igual modo, el discipulado cristiano requiere examen, sensibilidad y corrección temprana. El líder maduro no es el que nunca se desequilibra, sino el que detecta pronto el desvío.

La tradición bíblica y pastoral ha insistido en este punto durante siglos. Desde Agustín de Hipona, que hablaba del amor con dos piescontemplación y servicio—, hasta Gregorio Magno, que advertía del peligro de abandonar uno por el otro, la Iglesia ha entendido que el liderazgo sin equilibrio termina cojeando. Bernardo de Claraval fue aún más incisivo al denunciar a quienes se derraman en el servicio hasta vaciarse por dentro: “Sé un canal, no una cisterna rota”. Ya en el siglo XX, John Stott alertó de que el mayor peligro del líder cristiano no es la oposición externa, sino el desequilibrio interno. Y, antes que él, Teresa de Ávila, con su lucidez mística, recordó que “Dios también anda entre los pucheros”, desmontando la falsa oposición entre lo espiritual y lo cotidiano.

 

Mirar la meta para no caer en el vacío

Hay una verdad que todo equilibrista conoce: detenerse es caer. El equilibrio no se sostiene en la inmovilidad, sino en el movimiento continuo. En la vida cristiana ocurre lo mismo. El descanso bíblico renueva, pero la pasividad espiritual des-centra. Jesús no llamó a quedarse, sino a seguirle.

La Biblia honra el descanso, pero nunca legitima la pasividad espiritual.

“Venid vosotros aparte… y descansad un poco.” (Marcos 6:31)

El descanso bíblico es renovación para seguir caminando, no abandono del movimiento.

“Mas el justo por la fe vivirá; y si retrocediere, no agradará a mi alma.” (Hebreos 10:38)

En la cuerda, detenerse rigidiza. En la vida cristiana, detenerse endurece el corazón.

El equilibrio se sostiene cuando sabemos hacia dónde caminamos. Primero, hacia la madurez: llegar a ser hombres y mujeres formados, probados, con carácter e idoneidad para cuidar a otros. No se trata de hacer mucho, sino de llegar a ser. Pero hay una segunda meta igualmente necesaria: terminar bien. No solo empezar con fuego, sino perseverar con fidelidad y gozo, como Pablo, que pudo decir que había acabado la carrera y guardado la fe. El liderazgo desequilibrado suele nacer de una mirada mal colocada: demasiado fija en el desgaste, el miedo, los problemas o el pasado. Puestos los ojos en la meta, nunca perderemos el enfoque; y enfoque suele equivaler a equilibrio.

 

Cómo saber que me estoy desequilibrando

Cuando nos inclinamos hacia la contemplación sin fruto, aparecen síntomas claros: mucha palabra espiritual, pero obediencias postergadas; paz sin carga por otros; refugio en lo espiritual para evitar decisiones incómodas.
“Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores” (Santiago 1:22).

Cuando nos inclinamos hacia el activismo sin intimidad, surgen otros síntomas: ansiedad, prisa interior, oración mínima, pérdida del gozo y del primer amor.

“Has dejado tu primer amor” (Apocalipsis 2:4).
“El gozo del Señor es vuestra fuerza” (Nehemías 8:10).

 

El arte del ajuste

Otra vez, el funambulista no espera a caer para corregir. Hace microajustes constantes. Así también debemos hacer nosotros.

Si me inclino hacia la derecha, debo recuperar obediencia concreta, transformar la emoción espiritual en entrega y unir comunión con misión.
“El que oye estas palabras y las hace…” (Mateo 7:24).

Si me inclino hacia la izquierda, debo volver a “una cosa”, restaurar el permanecer y regresar al primer amor.

“Permaneced en mí” (Juan 15:4).
“Recuerda, arrepiéntete y haz las primeras obras” (Apocalipsis 2:5).

 

Sensibilidad espiritual: la madurez del líder

El líder maduro no es el que nunca se desequilibra, sino el que detecta pronto el desvío. Dicho error se puede evitar con un sencillo examen diario:

  1. ¿He permanecido hoy con Dios? (Juan 15:4)
  2. ¿He obedecido algo concreto? (Juan 14:21)
  3. ¿He amado sirviendo a alguien? (1 Juan 3:18)

Esto es sabiduría de liderazgo: no esperes a caer para corregir.

  • “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón.” (Proverbios 4:23)
  • “Examinaos a vosotros mismos…” (2 Corintios 13:5)
  • “Mirad… con diligencia cómo andáis… no como necios sino como sabios.” (Efesios 5:15–16)

 

Llamado final: liderazgo equilibrado para tiempos extremos

La Iglesia del siglo XXI no necesita líderes de extremos, sino centrados. No figuras incansables que se rompen en silencio, ni guardianes rígidos que confunden activismo con fidelidad. Necesita hombres y mujeres que sostengan la pértiga de la relación con Dios, que avancen sin perder el centro, que sepan ajustar ritmos, ordenar prioridades y gobernar tensiones sin huir de ellas.

El equilibrio no nace del control humano, sino de una relación viva con Dios que permite discernir tiempos y caminar con sabiduría. El equilibrio no elimina la tensión: la gobierna. Permanecer sin obedecer nos vuelve estériles. Obedecer sin permanecer nos vuelve duros. Detenernos nos hace caer. Pero avanzar con Él, ajustando el centro, sostiene la vida y el ministerio.

“Jehová afirmará los pasos del hombre, y en su camino se complacerá.” (Salmo 37:23)

Quizá este sea el mayor desafío —y la mayor esperanza— para el liderazgo cristiano hoy: volver a aprender el arte olvidado del equilibrio.

Publicado en: EVANGÉLICO DIGITAL - Soliloquios - La pértiga espiritual invisible que sostiene todo