El arte olvidado del equilibrio espiritual

Liderar sin caer ni romperse: el liderazgo bíblico no es ausencia de tensiones, sino saber vivir en medio de ellas.

11 DE ENERO DE 2026 · 08:00

Un equilibrista pasea sobre París, con la Torre Eiffel a su espalda,funambulista París, equilibrista Eiffel
Un equilibrista pasea sobre París, con la Torre Eiffel a su espalda

Liderar sin caer ni romperse (1)

Vivimos tiempos de aceleración espiritual, polarización emocional y liderazgo bajo presión constante. En medio de iglesias que crecen o se vacían, pastores exhaustos, comunidades hiperactivas o encerradas en sí mismas, una palabra emerge con fuerza y vigencia urgente: equilibrio. No como tibieza, sino como madurez. No como neutralidad, sino como vida centrada. Este artículo es una reflexión serena —y necesaria— sobre el liderazgo cristiano que no se rompe porque ha aprendido a sostener tensiones sin perder el centro.

 

El mito del líder sin tensiones

Existe una idea silenciosa, pero profundamente dañina, instalada en buena parte del imaginario evangélico contemporáneo: que la madurez espiritual consiste en eliminar tensiones. Como si un líder sano fuese aquel que ya no vive conflictos internos, ni paradojas, ni fuerzas opuestas tirando de su alma. Sin embargo, tanto la Escritura como la historia de la Iglesia muestran exactamente lo contrario. El liderazgo bíblico no se define por la ausencia de tensiones, sino por la capacidad de vivir y liderar correctamente en medio de ellas.

La vida cristiana es, por naturaleza, un espacio de fuerzas que parecen contrarias: santidad y libertad, contemplación y acción, intimidad y misión, autoridad y cercanía, generosidad y administración, descanso y avance... El problema no es la existencia de estas tensiones; el problema es cuando el líder, agotado o desorientado, elige un extremo y absolutiza una parte del todo: ahí comienza el desequilibrio. Y con él, el deterioro del alma, del carácter y, tarde o temprano, del ministerio.

Desde una perspectiva sociológica, no es casual que muchos líderes cristianos hoy oscilen entre el activismo frenético y el repliegue espiritual. La cultura del rendimiento, la presión del resultado visible, la comparación constante y la sobreexposición han empujado a la Iglesia —especialmente a sus líderes— a vivir en una “cuerda floja” permanente. El resultado es conocido: burnout pastoral, comunidades emocionalmente dependientes, líderes que lo dan todo hasta quedarse vacíos o que se refugian en lo espiritual para evitar decisiones incómodas.

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La virtud del equilibrio (una definición cristiana)

La virtud del equilibrio es la capacidad espiritual y moral de vivir alineados con Dios manteniendo en tensión armónica fuerzas opuestas, sin caer en extremos que deforman el carácter, dañan el alma o pervierten el liderazgo. En liderazgo cristiano, es sostener el centro (relación con Dios) y hacer microajustes continuos para que la vida, el carácter y el ministerio permanezcan ordenados.

Sinónimos útiles de la virtud del equilibrio

  • Prudencia (sabiduría aplicada a la vida)
  • Templanza (dominio interior)
  • Mesura (justa medida)
  • Moderación (evitar excesos)
  • Cordura espiritual
  • Sensatez
  • Armonía interior
  • Proporción
  • Estabilidad
  • Discernimiento maduro

 

Equilibrio no es mediocridad, es sabiduría aplicada

En la tradición cristiana, el equilibrio nunca fue sinónimo de tibieza. Muy al contrario: fue entendido como una virtud exigente, profundamente espiritual, que requiere discernimiento, dominio interior y una relación viva con Dios. La Escritura no celebra al líder que se detiene, pero tampoco al que se desboca. Celebra al que sabe avanzar sin perder el centro.

El libro de Proverbios advierte que quien abre demasiado su puerta busca su ruina (Proverbios 17:19) introduciendo una idea sorprendentemente actual: incluso la hospitalidad necesita medida. El apóstol Pablo, en Gálatas, sostiene dos afirmaciones que solo parecen contradictorias: estamos llamados a sobrellevar las cargas de los otros, pero cada uno llevará su propia carga (Gálatas 6:2 y 5). El equilibrio no consiste en elegir una y descartar la otra, sino en saber cuándo una responsabilidad es mía y cuándo pertenece a la obra soberana de Dios.

Jesús mismo establece un límite claro cuando Pedro pregunta por el destino de otro discípulo (Juan 21:22). Su respuesta es tan directa como liberadora: “¿A ti qué? Tú sígueme”. No es indiferencia, es enfoque. No es desamor, es orden. El liderazgo equilibrado sabe cuidar sin controlar y acompañar sin invadir. No podemos servir apropiándonos de lo que solo le corresponde a Dios.

 

El líder envejece, pero el llamado permanece

Uno de los textos más reveladores sobre el equilibrio en el liderazgo aparece en la vida de David. Ya mayor, sale a la batalla como en su juventud y casi muere (2 Reyes 21:15-17). Sus hombres le suplican que no vuelva a exponerse así, “no sea que apagues la lámpara de Israel”. El discernimiento aquí debe ser fino: el problema no es que David siga o no siendo llamado, sino que ya no puede ejercer el llamado del mismo modo.

Entonces, se revela un principio clave para líderes y pastores: retirarse de una función no equivale a retirarse del llamado. El desequilibrio habría sido seguir peleando como antes o, en el extremo opuesto, lo que lamentablemente sucedió, caer en la ociosidad (que le llevó al adulterio y al asesinato). El equilibrio consistía en cambiar de rol: dirigir, velar, orar, sostener... Saber cuándo ajustar la forma sin abandonar el fondo.

En un tiempo que idolatra la juventud, la visibilidad y el activismo constante, esta enseñanza resulta profundamente contracultural: la Iglesia necesita líderes que sepan transitar las etapas de la vida con sabiduría, sin negarlas ni eternizarlas, entendiendo que la autoridad madura no siempre grita desde el frente, pero sostiene desde el centro.

La próxima semana completaremos este tema tratando sobre “La pértiga espiritual invisible que sostiene todo”

Publicado en: EVANGÉLICO DIGITAL - Soliloquios - El arte olvidado del equilibrio espiritual