La vieja y la nueva creación de Dios
En la Biblia se nos revela que no existe una sola creación, sino dos bien distintas.
05 DE OCTUBRE DE 2025 · 08:00
Ecología y Biblia (4)
La pasada semana avanzamos que el cristianismo cree en una especie de gloriosa “ecología” escatológica que se realizará en toda su plenitud al final de los tiempos, pero que ya ha comenzado hoy en nosotros con la inauguración del reino de Dios llevada a cabo por Cristo en su primera venida. Lo que la Biblia llama la “nueva creación”.
Porque en la Biblia se nos revela también que no existe una sola creación, sino dos: la vieja creación narrada en el primer capítulo del Génesis, que por causa del pecado humano se vio frustrada y quedó sometida a la corrupción y el irreversible deterioro que experimentamos y lamentamos desde entonces, que se hace incluso evidente para la ciencia en la entropía (nombre que recibe la segunda ley de la termodinámica que, en términos sencillos y populares, afirma lo que la experiencia humana cotidiana confirma: esto es, que dejado a su suerte, todo tiende al desorden y al deterioro); y la nueva creación inaugurada con la resurrección de Cristo con un cuerpo inmortal, glorioso e incorruptible que no padece, por lo tanto del deterioro al que se halla sometida la vieja creación.
No obstante, mientras llega este momento culminante y final de la historia humana, los creyentes debemos ser conscientes de la gran amplitud e inimaginables posibilidades que abarca el proyecto total de vida al que la fe nos da entrada, justificando de sobra la prioridad que Pablo le da a la nueva creación: “Para nada cuenta estar o no estar circuncidados; lo que importa es ser parte de una nueva creación” (Gálatas 6:15). Por todo lo anterior, la ecología cristiana no debe desesperar ni esperar el cumplimiento de estas promesas al final de los tiempos para comenzar a operar, sino que debe hallarse en ejercicio desde el mismo momento en que un ser humano experimenta la conversión a Cristo e ingresa así en la nueva creación y se convierte entonces en un ecologista cristiano comprometido también con el cuidado de su entorno y del medio ambiente en general.
No por nada, a la vista del actual estado de cosas en nuestro entorno, el restablecimiento del paraíso terrenal ha sido el propósito de muchas de las empresas humanas a través de la historia, y en especial de las numerosas utopías de la modernidad que han pretendido establecer el reino de Dios en la tierra mediante iniciativas autónomas y esfuerzos netamente humanistas y secularistas, desligados y sin referencia alguna a Dios que es justamente Aquel que define y le da nombre a este reino. Estos intentos, a pesar de estar en principio bien motivados, siempre concluyen de manera nefasta precisamente por excluir a Dios del proceso, pues pretender establecer un reino prescindiendo del Rey es incurrir de entrada en una contradicción de términos. Y la iglesia tiene responsabilidad en ello al no entender que desde Pentecostés vive ya en medio de los últimos tiempos y estos no son algo reservado para el estudio en los últimos capítulos de nuestras teologías sistemáticas.
Después de todo el Señor Jesucristo nos indicó que el reino de Dios ya se encuentra operando entre nosotros, la iglesia, de tal modo que: “No van a decir: “¡Mírenlo acá! ¡Mírenlo allá!” Dense cuenta de que el reino de Dios está entre ustedes” (Lucas 17:21), como consecuencia de lo cual los cristianos debemos procurar instaurar en la sociedad de la que formamos parte, las condiciones de “justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo” (Romanos 14:17), que caracterizan al reino de Dios, recordando no obstante que éstas no alcanzarán nunca la plenitud que sólo podrán adquirir por fin en la consumación de los tiempos, cuando Jesucristo, el Rey mismo, destruya lo imperfecto y corruptible y cree lo perfecto e incorruptible, inaugurando formalmente ese cielo nuevo y esa tierra nueva en los que habitará la justicia, otorgando a los suyos de nuevo el inmerecido y perdido derecho de acceder al paraíso en sus aspectos terrenales que evocan las condiciones pletóricas del jardín del Edén, pues: “… Al que salga vencedor le daré derecho a comer del árbol de la vida, que está en el paraíso de Dios” (Apocalipsis 2:7)
Mientras ese momento llega, la ecología cristiana se encuadra en el cuidado de la naturaleza y en el respeto a ella, puesto que como lo dijo Francis Bacon: “A la naturaleza no se la vence sino obedeciéndola”, lo cual incluye, dicho sea de paso, el respeto al sexo con el que la naturaleza nos dotó y el trabajo para construir nuestra identidad como individuos en conformidad con él y no en contravía con él. En efecto, la naturaleza posee leyes dadas por Dios que no pueden violarse impunemente. La ciencia las estudia para luego servirse selectivamente de ellas para beneficio propio; pero aun así tiene que enfrentar los indeseables y dolorosos efectos colaterales que el uso y abuso de la naturaleza ha traído sobre el género humano. La naturaleza siempre pasa cuenta de cobro de manera inapelable cuando se le falta al respeto, dándole así la razón a los aspectos de la teoría Gaia que hablan sobre las represalias que Gaia tomaría sobre quienes la atacan.
Sin embargo, los cristianos no debemos nunca olvidar que no se trata propiamente de Gaia o de la naturaleza, puesto que por encima de ella se encuentra Dios, el creador de la naturaleza y quien diseñó las leyes que la rigen. Así, pues, mientras la ciencia se refiere tan sólo a la “naturaleza” como una realidad dada, impersonal e inapelable; los creyentes apelan más bien a Dios como creador de la naturaleza, un Dios personal que no ha renunciado nunca a su dominio providente sobre ella, puesto que: “Él [es decir, Cristo] es anterior a todas las cosas, que por medio de él forman un todo coherente” (Colosenses 1:17).
Dios no se ha ausentado de su creación, sino que la sustenta y le sigue brindando toda la coherencia que posee como un todo, sin que el pecado de sus criaturas logre malograr significativamente esta coherencia más allá del daño que infligimos a nuestro entorno inmediato que más temprano que tarde se vuelve contra nosotros.
De hecho, la armonía manifiesta que aún se puede apreciar en la naturaleza a pesar de los efectos que la caída ha tenido sobre ella, pasa por el hecho de que aún la criatura o el ser más modesto tienen un lugar y un papel que cumplir dentro de ella, contribuyendo así a su grandeza y óptimo funcionamiento.
Y si bien la caída trajo una significativa y dolorosa dosis de hostilidad de la naturaleza hacia el ser humano y viceversa, de tal modo que las plagas, los parásitos, las bacterias y los virus patógenos parecen ser salidas en falso de la naturaleza que deberían ser eliminadas; lo cierto es que ya se ha establecido que, de lograr erradicarlas del todo, los efectos colaterales de ello llegan a ser más graves y perjudiciales para nuestro entorno y la supervivencia de nuestra especie que los problemas que se pretenden resolver al eliminarlos.
Así, pues, el problema del mal y del dolor en el mundo no es un argumento lo suficientemente sólido como para pasar por alto la armonía que subyace en toda la naturaleza y que otorga a sus creaciones más modestas su correspondiente honor y dignidad.
-----------------------------------------
Serie sobre "Ecología y Biblia"
1.- ¿Existe una ‘ecología cristiana’?
3.- Ecología cristiana versus secular
4.- La vieja y la nueva creación de Dios
Publicado en: EVANGÉLICO DIGITAL - Creer y comprender - La vieja y la nueva creación de Dios