Ecología cristiana versus secular
La ecología cristiana no puede dejarse arrastrar por la ecología secular.
28 DE SEPTIEMBRE DE 2025 · 08:00
Ecología y Biblia (3)
La pasada semana expusimos y defendimos que está plenamente justificada la necesidad de una auténtica ecología impulsada por legítimos motivos cristianos. Pero añadíamos que hay que marcar algunas diferencias adicionales entre ella y la ecología secular.
La primera es que la ecología cristiana no puede dejarse arrastrar por el excesivo alarmismo que caracteriza a la ecología secular. En especial en temas tales como el del calentamiento global.
El mismo Lovelock, con todo y proponer la teoría Gaia, le bajaba el tono al grado de responsabilidad que asignaba a la especie humana en el actual calentamiento global señalando cómo, a lo largo de la historia del planeta, ya ha habido otros ciclos similares de calentamiento y enfriamiento cuando la especie humana aún no habitaba este planeta o estaba todavía muy lejos de poseer la tecnología necesaria para generar algún impacto perceptible y significativo en su medio ambiente para bien o para mal.
En el mismo orden de ideas Álvaro Vargas Llosa sostiene que: “Reflexionar y discutir acerca del calentamiento global es algo bueno… Pero generar una psicosis a partir de investigaciones que están aún en pañales… es quizás el peor caso de ‘balas amigas’ jamás producido por la mala conciencia occidental”
En efecto, la mala conciencia occidental considera “políticamente incorrecto” desestimar en algo la gravedad del calentamiento global y la determinante culpa que le cabe al ser humano por esta situación, sin llegar por eso a negarlo.
Los “profetas del desastre” están a la orden del día poniendo sobre nuestros hombros, además de nuestras culpas ya cotidianas, una culpa ecológica adicional demasiado pesada para poder sobrellevarla, pues cualquier medida cautelar que podamos implementar hoy para tratar de evitar los escenarios apocalípticos anunciados y explotados por Hollywood, no dejan de ser más que frustrantes “paños de agua tibia” ante la dimensión del desastre inminente.
Medidas tales como clasificar las basuras, no contaminar, no usar productos en aerosol, racionar el agua y la energía eléctrica y otras medidas menores, que por costos, son tal vez las únicas que estamos en condiciones de implementar en los países tercermundistas, por contraste con el primer mundo que es sobre el papel, el principal responsable del llamado “efecto invernadero” que presuntamente da origen, y que ciertamente agrava de manera notoria, el calentamiento global.
Y si bien es cierto que, como ya se dijo, la responsabilidad ecológica está incluida dentro del mandato cultural dado por Dios al hombre en el Edén cuando lo comisionó: “… para que lo cultivara y lo cuidara” (Génesis 2:15); también lo es que el mundo no se acabará por el irresponsable ejercicio de la voluntad humana que explota de manera no sostenible los recursos naturales, ni tampoco se arreglará de manera definitiva ni siquiera con las más perfectas y recomendables medidas cautelares que llevemos a cabo con esmero ꟷambas presuntuosas afirmaciones implícitas en el discurso del humanismo secularꟷ.
Por eso, sin perjuicio de nuestros esfuerzos en este último sentido, debemos entender que muchos desastres naturales como los huracanes, inundaciones y demás imputados en muchos casos al calentamiento global y, por ende, a la irresponsabilidad humana, escapan en gran medida a nuestra responsabilidad individual.
Todos estos son y seguirán siendo un producto de la Caída en pecado, no sólo del hombre, sino de los ángeles, trayendo como consecuencia lo revelado por el apóstol Pablo: “La creación aguarda con ansiedad la revelación de los hijos de Dios, porque fue sometida a la frustración. Esto no sucedió por su propia voluntad, sino por la del que así lo dispuso. Pero queda la firme esperanza de que la creación misma ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para así alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Sabemos que toda la creación todavía gime a una, como si tuviera dolores de parto” (Romanos 8:19-22), aligerando en algo el peso de nuestra culpa personal, pues es la voluntad de Dios y no la humana la que marca el final de este mundo y también es su voluntad la que dará inicio al mundo renovado. Pero esto no significa que nosotros no tengamos responsabilidad en ello y debamos salvarla correctamente y con esmero en la medida de nuestras posibilidades.
El cristianismo cree, entonces, en una especie de gloriosa “ecología” escatológica que se realizará en toda su plenitud al final de los tiempos, pero que ya ha comenzado hoy en nosotros con la inauguración del reino de Dios llevada a cabo por Cristo en su primera venida. Lo que la Biblia llama la “nueva creación”. Y en ella profundizaremos la próxima semana.
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Serie sobre "Ecología y Biblia"
1.- ¿Existe una ‘ecología cristiana’?
3.- Ecología cristiana versus secular
Publicado en: EVANGÉLICO DIGITAL - Creer y comprender - Ecología cristiana versus secular