Los evangélicos dominicanos estamos bajo fuego

No debemos responder a esta realidad con negación ni con victimismo. Pese a la intensa crítica, la verdad de Jesús brilla igual.

26 DE JULIO DE 2026 · 08:00

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Imagen de diseño propio realizada con IA

Nunca como en estos días la comunidad evangélica de la República Dominicana había enfrentado una ola de cuestionamientos tan intensa y sostenida. Las iglesias evangélicas han sido objeto de críticas, y en muchos casos de un abierto vilipendio, a raíz de los excesos y lujos innegables de algunos de nuestros pastores. Por ellos seguimos orando, para que Dios les conceda sabiduría, humildad y la gracia necesaria para corregir el rumbo.

No debemos responder a esta realidad con negación ni con victimismo. La falla no ha estado en la prosperidad ni en el bienestar, aspiraciones legítimas para cualquier ser humano. El problema ha sido la ostentación, el exhibicionismo y la exaltación del éxito personal como si fueran evidencias de la bendición divina. Cuando eso ocurre, el ego desplaza la cruz y la misión pierde su esencia.

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Ha llegado el momento de reconocer nuestros errores, arrepentirnos y volver la mirada al mundo que nos rodea: una sociedad sedienta de esperanza y necesitada del Dios al que servimos. En este contexto resulta particularmente iluminadora la reflexión del psiquiatra cristiano Glynn Harrison en su libro El gran viaje del ego: "Necesitamos tener una percepción de nosotros mismos que sea realista y esté bien fundamentada, y que no se centre en afirmar nuestra propia importancia, sino en servir a un propósito más grande que nosotros mismos."

Esa afirmación parece describir con precisión uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo. Vivimos en una cultura donde muchas de las personas más influyentes son creadores de contenido cuya principal tarea consiste en fortalecer su propia marca personal. El número de seguidores, las visualizaciones y la popularidad se han convertido, para muchos, en indicadores de valor. En ese ambiente, un "ego fuerte" parece ser la fórmula del éxito.

Harrison, quien dirigió el Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Bristol, advierte que los cristianos tampoco estamos inmunes a esa influencia. Muchas iglesias, señala, corren el riesgo de relegar la enseñanza de Jesús sobre negarse a sí mismo, precisamente uno de los pilares del Evangelio.

La cultura digital, lejos de fortalecer la identidad humana, está produciendo crecientes niveles de narcisismo y fragilidad emocional. Y cuando la Iglesia adapta su mensaje para girar exclusivamente alrededor de las necesidades, aspiraciones y deseos del individuo, termina debilitando el llamado bíblico a la entrega, al servicio y al discipulado.

Por supuesto, debemos comunicar el Evangelio de manera pertinente y cercana a las personas. Pero conectar con la cultura no significa rendirse ante ella. El crecimiento que propone Jesucristo no consiste en alimentar el ego, sino en aprender el camino de la abnegación. La cruz continúa siendo el centro del mensaje cristiano. Por eso debemos cuidarnos de presentar un "evangelio para sentirse bien", acomodado a la cultura del bienestar y del éxito inmediato.

Aunque el llamado "evangelio de la prosperidad" ha sido ampliamente cuestionado desde diversos sectores de la Iglesia, continúa ejerciendo una enorme influencia porque apela a una de las tentaciones más profundas del corazón humano: creer que somos más valiosos porque poseemos más.

Las Escrituras ciertamente enseñan que Dios bendice y prospera a quienes caminan en obediencia. Sin embargo, esa prosperidad nunca puede reducirse a una acumulación de bienes materiales ni a promesas fáciles. El verdadero crecimiento cristiano pasa por la cruz, el servicio, la obediencia y la transformación del carácter.

No es casual que filósofos, psicólogos, antropólogos y teólogos dediquen hoy enormes esfuerzos a analizar una cultura que ha convertido el éxito y la felicidad en mercancías de consumo. Nuestra época ha sido descrita como la era del vacío, la sociedad líquida, la cultura de la simulación, el narcisismo y la fragilidad. Son diagnósticos distintos para una misma realidad: una profunda crisis de sentido.

Frente a ese escenario, el Evangelio conserva intacta toda su vigencia

El Evangelio es la declaración de Dios, por medio de Jesucristo, de que todo ser humano puede alcanzar la salvación mediante la fe en su obra redentora. Es la invitación a reconciliarnos con Dios, a convertirnos en nuevas criaturas y a vivir conforme a los valores de su Reino.

Estamos llamados a vivir un Evangelio que discierna la cultura, que denuncie sus falsos valores y que rescate todo aquello que dignifique al ser humano y sea compatible con el propósito revelado por Dios en las Escrituras. El conflicto del Evangelio nunca ha sido contra las personas, sino contra aquellas prácticas y estructuras que deforman la imagen de Dios en el ser humano.

Solo cuando comprendemos con claridad qué es realmente el Evangelio podremos dar un testimonio cristiano creíble, obedecer con fidelidad la Palabra y ejercer una influencia transformadora en medio de nuestra cultura.

Durante gran parte del siglo pasado, la Iglesia se enfrentó principalmente a culturas locales relativamente estables. Hoy la realidad es completamente distinta. Vivimos inmersos en una cultura global moldeada por una tecnología que cambia a una velocidad nunca antes vista. Sus valores penetran constantemente nuestras familias, nuestras iglesias y nuestra forma de pensar. Por eso necesitamos más discernimiento espiritual que nunca.

Las herramientas cambian. Las estrategias cambian. Las plataformas cambian. Pero el Evangelio permanece inmutable. Debemos utilizar todos los recursos legítimos que ofrece nuestro tiempo para comunicar siempre el mismo mensaje de Jesucristo. Porque las necesidades esenciales del ser humano siguen siendo las mismas y la respuesta de Dios continúa siendo la misma. El Evangelio fue, es y seguirá siendo el poder de Dios para salvación.

 

Es tiempo de hacer visible el verdadero rostro del protestantismo dominicano

Precisamente por el momento que vivimos, considero que nuestras principales instituciones evangélicas deberían convocar un gran congreso nacional que coloque en perspectiva el verdadero aporte histórico del protestantismo al desarrollo de la República Dominicana.

Sería una extraordinaria oportunidad para recordar la contribución de las iglesias evangélicas a la educación, la salud, la promoción humana, la democracia, la libertad religiosa, la formación ética, el servicio social y el fortalecimiento de miles de comunidades en todo el país.

No se trataría de un ejercicio de autopromoción, sino de memoria histórica y de responsabilidad pública. Las nuevas generaciones necesitan conocer esa historia. Ese gran congreso que propongo debería servir, al mismo tiempo, para reafirmar nuestra identidad en Cristo, examinar con humildad nuestras debilidades y recordar el inmenso legado que el protestantismo ha dejado en la construcción de la República Dominicana.

Porque, aunque hoy una intensa lluvia de críticas parezca caer sobre los evangélicos dominicanos, una cosa permanece inalterable: la verdad de Jesucristo sigue brillando con la misma fuerza de siempre. Las fallas de los hombres nunca podrán eclipsar la luz del Evangelio.

Publicado en: EVANGÉLICO DIGITAL - Para vivir la fe - Los evangélicos dominicanos estamos bajo fuego