Ya estamos en 2026: nuevas metas y retos

“Vuélvete a nosotros… Sácianos de tu amor por la mañana, y cantaremos de gozo y alegría todos nuestros días”.

02 DE ENERO DE 2026 · 08:00

Nathan Dumlao, Unsplash,reloj arena, tiempo flores
Nathan Dumlao, Unsplash

Ya estamos en el año 2026. Hemos superado más de un cuarto de siglo, y con ello el tiempo vuelve a imponerse como una de las dimensiones más determinantes de la existencia humana. El paso de los años conduce inevitablemente a la reflexión sobre nuestro devenir, siempre misterioso e indescifrable. Contamos el tiempo con alegría o con nostalgia, a veces con pesar y melancolía, pero sin posibilidad alguna de escapar de su marcha implacable.

En el Salmo 90, Moisés evoca con profunda reverencia la eternidad de Dios. Perplejo ante el misterio de lo infinito, eleva una súplica temblorosa en la que contrasta la grandeza del Creador con la fugacidad del ser humano: “Señor, tú has sido nuestro refugio por todas las generaciones. Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios” (Salmo 90:1–2).

En esta oración, Moisés subraya la brevedad de la vida humana, marcada en gran medida por el trabajo arduo y el sufrimiento, frente a la inmutabilidad inescrutable del Todopoderoso. Consciente de esa realidad, le pide a Dios que compense con una alegría profunda los años de abatimiento y dolor que ha experimentado. “Nuestros años se acaban como un suspiro”, exclama con lucidez y humildad.

Más adelante, en los versos 13 y 14, eleva una súplica cargada de esperanza: “Vuélvete a nosotros… Sácianos de tu amor por la mañana, y cantaremos de gozo y alegría todos nuestros días”. Antes de esto, ya le había pedido al Señor que le enseñara a contar sus días de tal manera que su corazón se llenara de sabiduría.

La sabiduría no es otra cosa que el conocimiento humano aplicado a la causa más justa, útil y provechosa en todos los sentidos. El rey Salomón lo entendió bien: cuando tuvo la oportunidad de pedir lo que quisiera, pidió sabiduría. A esa petición sensata Dios le añadió, como complemento, riquezas y honra en abundancia.

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Uno de los errores más frecuentes —y quizá más graves— al proyectar nuestras metas y aspiraciones es reducirlas casi exclusivamente a logros materiales. Tendemos a evaluar el año que termina como “bueno” o “malo” en función del crecimiento económico alcanzado. Si no hubo bonanza financiera significativa, evocamos el tiempo pasado con pesar y lamento, sin considerar otras bendiciones que pudimos haber disfrutado.

De igual manera, al mirar hacia el futuro, concentramos casi toda nuestra capacidad de planificación en el aumento de nuestros haberes. No es incorrecto fijarse objetivos económicos; esto es legítimo y necesario. El problema surge cuando reducimos toda nuestra existencia a posibilidades meramente materiales.

El Señor Jesús fue claro al afirmar que la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee. Existen valores esenciales que no pueden ni deben ser ignorados. Somos más que lo que tenemos. Los bienes materiales son un medio, nunca un fin en sí mismos.

La felicidad humana no es proporcional a la cantidad de dígitos que aparecen en una cuenta bancaria. Hay otros aspectos de la vida que reclaman atención consciente y planificación intencional. Al iniciar un nuevo año, es fundamental proponernos mejorar nuestras relaciones con los demás: pensar en cómo aportar más a nuestro entorno, cómo ser más útiles, cómo compartir con mayor generosidad con familiares y amigos.

Este es también un tiempo oportuno para evaluarnos: preguntarnos si hemos crecido en servicio, en generosidad, en amor y en afabilidad; si ha mejorado nuestra capacidad de escuchar, de esperar y de comprender al otro.

La aspiración de mejorar nuestra vivienda debería ir acompañada del compromiso de mejorar nuestro hogar, comenzando de manera muy personal por nosotros mismos. El deseo de adquirir un vehículo más moderno debería ir de la mano con la determinación de conducirnos mejor en todos los ámbitos de la vida.

Ojalá que en este nuevo año podamos experimentar tal abundancia económica que, paradójicamente, nos permita olvidarnos un poco de los bienes materiales y ocuparnos más de nuestra espiritualidad y crecimiento interior. Creo que esta es una forma sabia, equilibrada y significativamente humana de darle la bienvenida a un nuevo año lleno de interrogantes, desafíos y oportunidades.

Publicado en: EVANGÉLICO DIGITAL - Para vivir la fe - Ya estamos en 2026: nuevas metas y retos