¡Resucitó! ¡Podemos cantar!
Pablo saca la resurrección de lo religioso y la lleva a lo histórico y objetivo. La fe cristiana depende de si Jesús resucitó.
05 DE ABRIL DE 2026 · 08:00
Si Jesús no hubiese resucitado, fuese hoy el más vilipendiado de los fundadores de religiones. Es más, dudo que hubiese establecido una religión. Si Jesús no hubiese resucitado, todos los años se emprendieran diversas peregrinaciones, no para rendirle homenaje, sino para expresarle el más amargo y cruel repudio.
Durante su permanencia física en la tierra, Jesús no fue un personaje simpático. Su piedad no fue una cubierta decorativa y blanquecina que despertara admiración y casi lástima. Su piedad fue látigo y desafío. Fue llamado y fue denuncia, fue censura y confirmación. Fue encuentro de perdón y solaz espiritual para muchos, pero también escándalo y tropiezo para otros.
Jesús nunca dijo lo que la gente quería oír; más bien, dijo siempre, lo que la gente necesitaba oír. Si bien se compadecía de la multitud hasta multiplicar los panes y los peces, para darle de comer, nunca se mostró turbado cuando las personas se alejaban enojadas porque el contenido de su mensaje revelaba su mala conciencia.
No se rodeó de gente de buena fama, ni procuró protección estratégica para su persona. Respondió las preguntas más incisivas y capciosas con las respuestas más sorprendentes e insólitas. Nunca se preocupó por saber de qué lado estaba la opinión pública. Aseveró siempre que lo que decía venía de su Padre. Aunque todo su discurso estaba impregnado de amor, no midió niveles jerárquicos para condenar los males y las injusticias de sus contemporáneos.
Vivió su ministerio en el centro de las más enconadas controversias y parecía no inmutarse. Sus enemigos cuestionaban su procedencia social, pero se admiraban del tono superior de su discurso.
Mostró apego y respeto por la religión judía, pero no se ciñó a todas sus demandas. Violentó normas que los principales líderes religiosos guardaban con esmero.
Cuando la pedantería y la arrogancia parecían, por lo que afirmaba, marcar el tono de su identidad, la fuerza portentosa de los hechos que ejecutaba desmentían toda altanería y soberbia y, al final de la escena, teníamos de frente al más amoroso y humilde de los hombres. Así sucedió frente a una mujer extranjera, cuando espantado el Maestro preguntó que quien lo había tocado, y sus discípulos sorprendidos, les respondieron preguntándole, si no sentía la presión física de toda una multitud que se abalanzaba sobre Él.
Todo se pone en claro con la reacción de una mujer sirofenicia que acaba de recibir sanidad con el solo hecho de tocar el manto del Maestro, para poner por esa vía fin a doce años de padecimientos. Jesús evidencia, como en otras tantas ocasiones, que más allá del delirio de la multitud, está el hombre o la mujer que lloran en su individualidad, que gimen con una pena que es solo de ellos. Se trata de padecimientos que no se pueden repartir en la multitud y requieren de un cuidado personal y único.
Fueron sus discursos y sus realizaciones lo que convirtieron a Jesús en un personaje singular. Hoy es el hombre más analizado y discutido de la historia. El más venerado y el más aborrecido. El más rechazado y el más esperado.
En su relación con los hombres, Jesús no conoce términos medio. El mismo estableció los niveles. O tan cerca de él hasta identificarse a plenitud con su persona, o tan lejos de él hasta el desprecio. Jesús mismo no admite media distancia o ese confuso sentimiento que los hombres llamamos “simpatía”. Persiste el sempiterno dilema de ¿Qué haremos con Jesús, llamado el Cristo?
La solución de este dilema depende de un asunto de carácter histórico y más objetivo. ¿Resucitó o no Jesús? Si no resucitó hay poco de que preocuparse. El mismo Apóstol Pablo lo dice en Primera de Corintios (15:14) “Si Cristo no resucitó vana es nuestra predicación y vana es nuestra fe”. Si Cristo no resucitó, lo mejor es el silencio. Un silencio universal y trágico.
Pablo, con su inteligencia característica saca el asunto de la resurrección del plano de lo religioso y lo lleva a un plano histórico y objetivo. El soporte objetivo de la fe cristiana depende del hecho histórico de sí Jesús resucitó o no.
Lo interesante de la resurrección de Cristo es su calidad histórica. No se trata de un asunto que se le ocurrió a alguien para darle continuidad a un credo religioso. Fueron los adversarios de Cristo, sus verdugos, quienes recordaron que él había hablado de resucitar. Son precisamente ellos quienes tratan impedir el nacimiento de un mito. Son ellos quienes se anticipan a lo posible.
Los seguidores de Jesús ya habían, como se dice, tirado la toalla. Ellos no estaban en eso y fueron muy temprano el domingo a ungir el cuerpo de su Maestro. ¡Sorpresa! Jesús había resucitado.
Observemos que la resurrección de Jesús no fue una afirmación de conveniencia que se tejió en el tiempo. La Iglesia nace sobre la misma controversia de la resurrección. La Iglesia o surgía apoyada en esta verdad o abortaba sin ninguna posibilidad de vida frente a una grotesca mentira.
Aquí está el punto desconcertante que apasiona y subyuga a los historiadores. Si la resurrección fue una gran mentira, ¿Cómo fue posible el levantamiento de una iglesia misionera, sufrida y perseguida? Todo sobre la misma bien de los testigos de este hecho. Si la resurrección fue una mentira, ¿Cómo explicar la vitalidad y energía de una iglesia que más tarde conquista el mundo?
Es importante destacar que el Señor habló de su resurrección y ninguno de sus discípulos le creyeron. Aún más, algunos cuando lo vieron dudaron de Él. La resurrección no estaba en la agenda de sus seguidores. Fueron las pruebas irrefutables, avaladas por sus apariciones las que confirmaron la resurrección del Maestro.
Cristo resucitó. Cumplió su agenda histórica. Vivió como Dios y como hombre. Habló y actuó como ningún otro hombre lo ha hecho y se levantó de los muertos. Prometió a los suyos la presencia del Espíritu Santo y les dijo que llevaran su nombre por toda la tierra. Las instrucciones que les dio Jesús a sus discípulos antes de morir fueron las mimas que le dio después de su resurrección. Así el Señor Jesús lo dijo y lo hizo todo conforme al plan de Dios.
Solo queda un asunto pendiente dentro de las cosas que Él encareció a los suyos: su retorno. Si Él completó su agenda hasta su resurrección y ascenso hasta el Padre, solo está pendiente su próximo retorno. Cantemos hermanos y proclamemos a viva voz ¡que Jesucristo vive y vuelve!
Con mucho gusto le dejo este bello soneto de Rubén Vélez.
Contra Él se vuelven destructoras fuerzas
que odiaban el poder de su verdad
y no pudiendo destruir su Espíritu
trataron de quebrar su humanidad.
La necia multitud se burla,
de su dolor cruelmente se reían,
ellos a Él lo herían y lo insultaban
mas Él por ellos en la cruz moría.
Pero la tumba no pudo retenerle:
Jesús se levantó de entre los muertos,
triunfó el poder de Dios sobre la muerte.
y hoy la tierra se llena de su Gloria;
¡Dónde está, oh muerte, tu aguijón
y dónde, oh sepulcro tu victoria!
Publicado en: EVANGÉLICO DIGITAL - Para vivir la fe - ¡Resucitó! ¡Podemos cantar!