Entendiendo a Mahoma y el Corán

Cuando no se lee el Corán en su orden actual, sino en orden cronológico, cobra una coherencia extraordinaria, especialmente en cuanto a la actuación de Mahoma.

23 DE AGOSTO DE 2026 · 08:00

Malik Shibly, Unsplash,Corán
Malik Shibly, Unsplash

El Corán y el islam (2)

Decíamos la pasada semana que si bien es cierto que el islam es, junto con el cristianismo y el judaísmo, la tercera de las tres grandes religiones que conforman la clasificación que las ciencias de la religión designan como “monoteísmo profético”, aunque eso no significa, como muchos lo afirman con ignorancia, ligereza e incluso mala intención, que el Dios judeocristiano sea el mismo dios musulmán.

Sobra decir que no pretendemos abarcar en esta serie todos los aspectos relativos al islam ni mucho menos, sino tan solo dar una visión panorámica y a vuelo de pájaro de sus documentos sagrados que son desconocidos de manera casi total por fuera del contexto específicamente musulmán o de las naciones con una mayoría de población islámica, que según estimaciones confiables, superan ya los mil millones de personas, en aras de una mayor comprensión de la fe de este gran número de personas y de un diálogo y un debate religioso más ilustrado entre cristianos y musulmanes.

Seguiremos para ello y en lo sucesivo las precisas, sucintas y documentalmente bien sustentadas y claras afirmaciones y argumentaciones al respecto hechas por César Vidal en su libro El camino hacia la cultura, ya sea parafraseándolas y comentándolas un poco o citándolas textualmente cuando así los consideremos conveniente en aras de la claridad y precisión.

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Empezamos partiendo del hecho de que la extensión del Corán es de 114 capítulos, denominados suras azoras que, a su vez, se dividen en versículos llamados ayas aleyas. Estos 114 suras con sus respectivas aleyas contienen presuntamente el conjunto de revelaciones recibidas por Mahoma a lo largo de 22 años y comunicadas por él a sus contemporáneos, algo que ya marca diferencias abismales con la Biblia que abarca un periodo histórico de 1.600 años y más de cuarenta autores humanos diferentes, circunstancia que coloca a la Biblia en una categoría única entre todos los textos sagrados de las grandes religiones de la historia.

En una primera aproximación a su lectura, las disposiciones del Corán resultan contradictorias y hasta incoherentes“pareciendo en ocasiones abogar por una cierta tolerancia hacia fieles de otras creencias y, en otras, por una agresividad absoluta”. Esto obedece a que, en su ordenación, estos capítulos no siguen un criterio cronológico como el que encontramos principalmente en buena parte de la Biblia, en especial en casi todo el Antiguo Testamento, los evangelios y los Hechos de los apóstoles, sino que se asemejan más al ordenamiento de las epístolas del Nuevo Testamento, en particular las del apóstol Pablo, que no siguen un criterio cronológico, sino que se ordenan fundamentalmente con base en su extensión.

Por eso, como lo dice César Vidal: “cuando se procede a una lectura del Corán no de acuerdo con su orden actual sino con el cronológico, el texto cobra una coherencia que resulta extraordinaria y, especialmente muy iluminadora en cuanto a la actuación de Mahoma”.

Ese orden cronológico es el mismo en el marco del cual, según los especialistas, Mahoma, recibió sus revelaciones y que distingue cuatro periodos dependiendo de la ciudad árabe en que fueron apareciendo estas revelaciones. Los tres primeros fueron en la ciudad de La Meca, sagrada, por tanto, para el islam y abarcan los siguientes lapsos: El primer periodo mecano va del 610 al 615 d. C.; el segundo periodo mecano va del 615 al 619; el tercer periodo mecano va del 619 al 622 y el último, ya en la ciudad de Medina, se conoce entonces como el periodo medinés y va desde el 622 hasta el fallecimiento de Mahoma en el 632 d. C.

Las incoherencias y contradicciones en la lectura del Corán surgen, entonces, del hecho de que, en la presentación y ordenamiento del Corán se mezclan indiscriminadamente las suras procedentes de cada uno de estos periodos.

Pero cuando se leen en su orden de aparición encontramos que: “las primeras suras transmitidas por Mahoma… contienen una referencia muy sencilla a una fe monoteísta” y la orden recibida por él para predicarla, junto con el hecho del juicio inminente de este dios sobre los idólatras que no se han plegado a su voluntad y han actuado de manera desobediente y rebelde.

Curiosamente: “Aunque las primeras suras [leídas en su orden de aparición y no en su orden de presentación] están centradas en un monoteísmo estricto, no hacen referencia a otros tipos de fe monoteísta (judaísmo y cristianismo) que ya existían en la Arabia del inicio de la predicación de Mahoma”.

Hay que esperar hasta la sura 87 para encontrar referencias a que: “la predicación de Mahoma pretende ser confirmación de lo que otros profetas monoteístas anunciaron con anterioridad”, con algunas referencias rápidas y muy parcas a Abraham y Moisés. Pero ya durante el segundo y tercer periodo mecano: “se hace hincapié ꟷahora sí, muy acusadoꟷ en el hecho de que el mensaje islámico ha sido precedido por los del judaísmo y el cristianismo”.

Por consiguiente: “Es de suponer que Mahoma tuviera la esperanza de que los fieles de estas religiones se convirtieran a su predicación y, de hecho, a estas épocas pertenecen los textos del Corán más conciliatorios con ambos”. Pero como sigue diciéndonos César Vidal, documentando sus afirmaciones con citas textuales del Corán: “Esta visión, notablemente cercana al cristianismo, no tardaría, sin embargo, en cambiar”.

Las circunstancias que explican este cambio tienen que ver con la recepción que judíos y cristianos dieron a las primeras revelaciones recibidas por Mahoma y la consecuente predicación emprendida por él alrededor de ellas, pues: “En términos generales… estas predicaciones de Mahoma tuvieron poca acogida entre los árabes idólatras, la cual fue prácticamente nula entre los judíos y los cristianos. Los primeros [es decir, los árabes idólatras] no se sentían atraídos por una fe monoteísta que, además, podía desmantelar el negocio religioso que significaba la ciudad de la Meca, santuario de innumerables divinidades. En cuanto a los segundos [es decir, judíos y cristianos], objetaban que, en realidad, Mahoma era un ignorante que no conocía mínimamente ni el judaísmo ni el cristianismo y que, por lo tanto, difícilmente podía significar su consumación”, algo que se ve corroborado por el tratamiento que el Corán hace de episodios bíblicos muy conocidos en los que introduce consideraciones arbitrarias y falsas ajenas a la historia sagrada.

Si bien es cierto que hasta ese momento: “Mahoma oraba en dirección a Jerusalén (como los judíos) y se abstenía de ingerir alimentos como el cerdo (al igual que los judíos). [y que] No era menos verdad que aceptaba a Jesús como mesías, nacido de una virgen y hacedor de milagros (como los cristianos)”, también lo es que a estas alturas: “las diferencias resultaban abismales. Los judíos no podían aceptar una fe que pasaba por alto los relatos del Antiguo Testamento (o los narraba de manera bien distinta), que obviaba las regulaciones del Talmud y que, además, pretendía que tanto Jesús como Mahoma fueran profetas superiores a Moisés. Por su parte, los cristianos encontraban inaceptables las discrepancias entre el relato bíblico y el coránico, pero a la vez consideraban muy dudosa la cristología de Mahoma y, desde luego, no podían aceptar que Jesús, el Hijo de Dios, fuera inferior a él. El enfrentamiento era inevitable y, ciertamente, persiste hasta la actualidad”.

Así que, en honor a la verdad: “durante los primeros años, la predicación de Mahoma no se caracterizó por el éxito, sino más bien por un rechazo casi general”.

A raíz de la poca y casi nula recepción de su mensaje entre sus mismos paisanos, en el año 622 d. C. Mahoma debe huir de La Meca a Medina, marcando con esta huida (que se conoce como “la Hégira”), el punto de partida del calendario musulmán y un punto de inflexión también en sus anteriores posturas conciliatorias reflejadas en las suras correspondientes al segundo y tercer periodo mecano del Corán.

Así: “En un tiempo inmediato a su huida de La Meca y su establecimiento en Medina, Mahoma dejó de ser el profeta no violento de los años anteriores y se convirtió en un hombre de estado, decidido a fraguar un nuevo orden espiritual, social y político. No deja de ser significativo que aunque las suras medinesas del Corán sean numéricamente muy escasas, cuenten con una extensión comparativamente muy considerable”. En ellas, en especial en la extensa segunda sura, resulta claro que: “el islam dejaba de ser una religión vinculada a las demás incluso por lazos meramente afectivos y, según ellas, imaginarios. Desde ahora, la oración diaria se pronunciaría no en dirección a Jerusalén sino a La Meca… Además, debía quedar bien establecido que tanto judíos como cristianos no eran mirados ya con buenos ojos precisamente por su resistencia a la conversión”. Adicionalmente: “la nueva fe recurriría al uso de la guerra para asegurar su supervivencia y su ulterior expansión. Los tiempos del pacifismo habían pasado definitivamente y ya nunca regresarían”.

La Yihad o guerra santa se vuelve normativa y en esta extensa segunda sura se establecen también las bases de la llamada sharia o ley islámica, pues: “Al mismo tiempo que deja establecida tanto la legitimidad de la guerra como la diferenciación con otras religiones, en esta sura asistimos a todo un esfuerzo legislativo que ya no solo va dirigido a una comunidad religiosa sino a toda una sociedad. Así, se establece qué animales serán impuros… que las minorías religiosas cristiana, judía y sabea deben ser respetadas [algo que cada vez se honra menos, por razones que trataremos más adelante]… o que la ley que debe aplicarse para dirimir daños es la del talión… En buena medida, la sura 2 contiene los trazos fundamentales a partir de los que se desarrollará el derecho islámico”.

Es también en esta sura en la que se establece de manera general los que se consideran los cinco pilares de la práctica religiosa islámica que conviene identificar con precisión. El primero consiste en la declaración del credo o confesión de fe fundamental del islam que afirma que: “No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta”. El segundo (y en opinión de muchos, el de mayor importancia práctica) es el de la oración diaria. El tercero es el de la limosna, que en realidad tiene mayor afinidad con los diezmos bíblicos que con la limosna en su entendimiento popular. El cuarto es el ayuno que tiene lugar cada año durante el ramadán. Y el quinto es la obligación que cada musulmán tiene de llevar a cabo un peregrinaje a La Meca.

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Artículos de esta serie sobre El Corán y el islam:

1.- ¿El Dios judeocristiano y Alá son el mismo?

2.- Entendiendo a Mahoma y el Corán

Publicado en: EVANGÉLICO DIGITAL - Creer y comprender - Entendiendo a Mahoma y el Corán