Exiliados sin Babilonia: los evangélicos que se van sin irse

¿Cómo nombrar a quienes siguen creyendo, pero ya no encuentran lugar en la iglesia tradicional? Son los “dechurched”, en el exilio.

11 DE SEPTIEMBRE DE 2026 · 08:00

Daniil Onischenko, Unsplash,persona sola, soledad
Daniil Onischenko, Unsplash

Exiliados sin Babilonia (1)

En los últimos años, muchas iglesias evangélicas comenzaron a formular una pregunta inquietante y que denota un creciente problema que implica no solamente cuestiones eclesiásticas, sino que además se vinculan a las nuevas formas del creer: ¿Dónde están todos los hermanos que antes se congregaban con nosotros?

No se trata simplemente de bancas vacías ni de estadísticas preocupantes. En muchos casos, las personas siguen ahí: conectadas, observando a la distancia, confiando, orando, leyendo la Biblia o simplemente creyendo, no rompieron con Jesucristo, no abandonaron la fe, ni se declararon ajenas al Evangelio, solo cambiaron su forma de pertenecer.

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Los “dechurched” en el exilio

En el presente articulo trataremos de caracterizar a las personas que no se fueron absolutamente de la iglesia, pero dejaron de habitar asiduamente los ámbitos eclesiales. Durante mucho tiempo, el lenguaje pastoral fue claro y simple para explicar estas situaciones decíamos: “se enfriaron”, “se apartaron”, “se alejaron del Señor”, “perdieron el primer amor”. Sin embargo, esas categorías hoy resultan insuficientes para describir y tratar de solucionar el problema y en todos los casos ponen la “culpa” o “responsabilidad” solamente en los alejados. Presuponen una salida voluntaria, una decisión consciente de “abandonar la fe o de resistirse a la comunión”. Pero ¿qué ocurre cuando la fe permanece y lo que se erosiona es la pertenencia? ¿Cómo nombrar a quienes siguen creyendo, pero ya no encuentran lugar en la iglesia tradicional?

A esta experiencia la llamaremos “exilio”. No un exilio geográfico, ni político, ni explícito, muchas veces tampoco es un exilio elegido. Hablamos de un exilio sin Babilonia: un desplazamiento silencioso del centro de la vida eclesial, una forma de desarraigo espiritual que ocurre dentro de la iglesia o en sus márgenes inmediatos, sin ruptura formal, sin escándalo, sin despedidas. El exilio bíblico siempre fue una experiencia dual; por un lado, significó pérdida, dolor, ruptura de lo conocido, pero por otro fue también un espacio donde Dios siguió hablando, formando, purificando y revelándose fuera de los lugares tradicionales de poder y culto.

Frente a este escenario, suele haber dos explicaciones rápidas y facilistas que suelen imponerse. La primera es moral: se mundanalizaron; la segunda es espiritual: perdieron la fe. Ambas fallan dado que a mi juicio no logran comprender la totalidad del fenómeno, no solo porque simplifican una realidad compleja, sino porque no describen lo que efectivamente está ocurriendo. La mayoría de los llamados “exiliados” no abandonaron a Cristo; lo que perdieron fue el vínculo vital con una estructura eclesial que no supo —o no pudo— hospedar sus preguntas, procesos, heridas y búsquedas. Antes de continuar conviene definir que entendemos por exiliados evangélicos a aquellos individuos que conservan una identidad cristiana evangélica y mantienen en diferentes grados, creencias, valores, y prácticas, pero cuya vinculación con una congregación local se ha debilitado sustancialmente convirtiéndose casi en esporádica, periférica o inexistente por lo menos de manera presencial.

Son los que George Barna define como los: “Dechurched”, aquellos que antes asistían a la iglesia, pero no lo han hecho al menos en los últimos seis meses[1]. Básicamente el término mencionado designa en la visión del sociólogo norteamericano a los individuos que poseen una experiencia previa de participación en una congregación cristiana —ya sea como asistentes muy activos, moderadamente activos o mínimamente activos— pero que, en el momento de la medición, no han participado en un servicio religioso durante los seis meses anteriores, excluyendo la asistencia a eventos religiosos extraordinarios, como bodas o funerales. El concepto describe, por tanto, una condición de desvinculación de la práctica congregacional y no implica necesariamente el abandono de la identidad cristiana o de las creencias religiosas, sino un distanciamiento pronunciado con la iglesia como institución formal[2].

 

De la “hipermodernidad” a la “hipermodernidad digital”

Por otra parte, debemos señalar muy someramente que somos testigos de una de las transiciones más complejas de la vida moderna, el pasaje de la hipermodernidad a la hipermodernidad digital. Un tiempo de profundos cambios, de vertiginosidad, de aceleración constante, que impacta los aspectos más profundos y esenciales de nuestra vida cotidiana, incluyendo por supuesto, nuestra espiritualidad. Si bien en el presente articulo uso el término “hipermodernidad” o “era del vacío” siguiendo los lineamientos establecidos por Gilles Lipovetsky debemos tener en cuenta que muchos otros autores y cientistas sociales hablan de la modernidad tardía usando conceptos y análisis teóricos con base en distintas perspectivas.

Ahora bien, bajo el signo de la hipermodernidad casi todo resulta relativo, cuestionable, las grandes verdades que anclaron al mundo occidental a un eje de certidumbre y sus instituciones principales se tornaron relativas y dependen en última instancia del propio criterio individual. En este sentido nos recuerdan Lipovetsky y Charles: “La hipermodernidad: a saber, una sociedad liberal, caracterizada por el movimiento, la fluidez, la flexibilidad, más desligada que nunca de los grandes principios estructuradores de la modernidad, que han tenido que adaptarse al ritmo hipermoderno para no desaparecer” (2004, p.27). Es que, en efecto, estamos en medio de un tiempo de hiperindividualismo en el cual las personas priorizan sus emociones, criterios y pensamientos, independientemente de la veracidad u objetividad de estos.

Hoy, las personas vivencian su espiritualidad a su manera y como dijimos, todo es relativo, cambiante, subjetivo, se debe ajustar a las emociones y perspectivas individuales, uno de los pioneros en analizar la nueva época fue el filósofo francés Jean-François Lyotard, quien desarrollo la teoría de la posmodernidad, la verdad es que no hay un abandono de la fe, ni una relatividad de la misma, sino que las personas siguen creyendo en Dios, pero lo hacen a su manera y esto va más allá de los indicativos o carriles institucionales eclesiásticos, sencillamente así lo hacen, afirma: “Simplificando al máximo, se tiene por «postmoderna» la incredulidad con respecto a los metarrelatos. Ésta es, sin duda, un efecto del progreso de las ciencias; pero ese progreso, a su vez, la presupone” (1987, p. 4).

Bajo la posmodernidad, por ende, aparecen los micro-relatos, esas narrativas fragmentadas, discontinuas, sobre todo de carácter personal que comienzan a dar forma a las nuevas configuraciones de verdad, de discursos fraccionados, acomodativos y de tinte más individual que universal, incluso los vinculados a la fe. Bajo la posmodernidad se produce una descomposición del conocimiento y cada comunidad generara sus propias configuraciones, y criterios de verdad desde una perspectiva más individualista y menos sacra.

A lo dicho debemos adicionarle las conceptualizaciones de Hartmut Rosa, quien analizara el fenómeno desde la perspectiva de la existencia de una creciente aceleración social, todo cambia a nuestro alrededor y lo hace sumamente rápido y la propia velocidad es la que impone las premisas del ritmo de vida, lo cual desde ya también se aplica a la fe. Por ello, hoy, lo que abundan son los contenidos sintéticos y gráficos que circulan en las redes y se difunden por medio de influencers, youtubers, reels, entre otros. El problema es que cada uno de esos contenidos se van ajustando conforme lo determinan los algoritmos y no según la necesidad real de las personas, a lo cual hay que sumarle la amplia cantidad de contenido cultico en las redes de simple acceso que permiten o facilitan que las personas sean pastoreadas por múltiples pastores en simultaneo. Dicho de otra manera, la autoridad tradicional de los pastores se está desplazando hacia un modelo de autoridad difuso y multivariado.

Hoy en día muchas son las iglesias que usan la tecnología para multiplicar su alcance, sin necesariamente ser iglesias digitales (aquellas que habitan enteramente en la red y con principalmente infraestructura tecnológica), no solo por un tema de simplificación de costos, sino fundamentalmente han entendido que la mayoría de las personas anidan en el ciberespacio. Si avanzamos un poco más nos daremos cuenta de que la iglesia de formato tradicional (podríamos decir) es mucho más que un mero espacio físico compartido es un punto de encuentro, de desarrollo, de comunión (koinonia), de participación y de compañerismo que van nutriendo nuestra necesidad de pertenencia y a su vez facilita la construcción de identidad. Por ende, deberíamos preguntarnos esto mismo ¿podría replicarse en entornos digitales? De hecho, repito, hoy tenemos iglesias enteramente digitales.

Por ende, es menester que en este tiempo podamos desarrollar una teología de la tecnología[3] y podamos seriamente asumir que hay hermanos nuestros que ya no regresaran a los espacios físicos, pero no por eso dejaron de creer y necesitan una atención específica. Necesitamos redefinir conceptos tradicionales como: “miembro”, “presencia”, “servicio” y “participación”, ¿acaso un youtubers o un creador de contenido para las redes que solo tiene presencia digital no está sirviendo a Dios, o si lo está? En este marco digital habitan los exiliados evangélicos y la tendencia es que los mismos irán en aumento, a menos que los pastores comiencen a comprender el fenómeno de la espiritualidad hipermoderna y realicen un análisis contextual en dicho sentido.

Necesitamos tener presencia digital como iglesia, la respuesta es clara: sí. Debemos formar a nuestros miembros para que estén a la altura de los desafíos de la era digital, también la respuesta para mi es clara, sí. Ahora bien, más allá de los formatos y esquemas comunicacionales necesitamos tender a una comunicación clara, precisa, concreta y pertinente para presentar el Evangelio sin modificarlo, también diría, sí. Tenemos mucho camino que recorrer por delante, sí. Debemos ser permeables al uso indebido o descontrolado de la tecnología pese a ser incluso una iglesia digital, no. Debemos acomodarnos a los formatos cualquiera que ellos sean y conformarnos con tener un público que “asiste” a nuestras actividades físicas o virtuales sin formar discípulos que vivan el Evangelio (audiencia), no. Es imprescindible entonces, depender de la guía del Espíritu Santo, una y mil veces.

Si vamos a los números debemos recordar que las estadísticas son fenómenos que muestran una foto especifica de un momento determinado, pero los datos son móviles, van modificándose por un sin número de razones, pero las proyecciones pueden darnos una perspectiva lógica y probable. Habiendo hecho dicha aclaración conviene mencionar que, en los diferentes países de Latinoamérica, por cada diez evangélicos confesantes, entre 4 a 6 dependiendo de cada país confiesan que no asisten con regularidad a los servicios religiosos, sino que más bien gestionan su relación con Dios de manera personal, principalmente usando medios digitales. En los Estados Unidos la situación no es muy diferente, actualmente el 40% del total poblacional se identifica como protestante (aquí incluimos a los protestantes históricos y a los evangélicos en todo su abanico) en tanto en el 2007 lo hacía un 51%[4]. Por otra parte, de ellos solo el 60% dice que asisten a los servicios religiosos al menos 1 vez al mes, en tanto que el 40% ni siquiera con esa escasa frecuencia[5].

El otro dato para tener en cuenta es que pese a estar inmersos en la hipermodernidad digital, motivo por el cual, entre otras cosas, podemos afirmar que la conectividad nos atraviesa, las personas se sienten solas, dato no menor y que la iglesia deberá considerar a la hora de hacer misión. Un informe sobre “Stress in America 2025” de la American Psychological Association muestra una fotografía amplia: el 54% de los estadounidenses dijo haberse sentido aislado, 50% excluido y 50% falto de compañía, al menos algunas veces, tendencia que crece[6]. La soledad no será un problema menor en los próximos años, de hecho, Pew Research encontró que el 51% de quienes regularmente ven servicios religiosos online lo hacen solo[7].

¿Cómo entender, interpretar, y sobre todo alcanzar a estos hermanos en la fe exiliados de la iglesia? Lo veremos en la segunda (y última) parte de este artículo.

 

Notas


[3] Vale la pena recordar, más allá de nuestras posturas teológicas, que la Iglesia Católica Apostólica Romana hace años viene trabajando en lo que los académicos llamamos "Vaticano 3.0" un concepto no oficial de la Santa Sede, sino una metáfora usada en contextos académicos y de comunicación para describir la adaptación del Vaticano a las nuevas realidades tecnológicas y sociales. De hecho, recientemente el Papa León XIV dicto la encíclica “Magnifica Humanitas” sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificia.

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