La reunión interminable que impide la misión
Crónica de una iglesia que siempre estaba a punto de salir.
02 DE AGOSTO DE 2026 · 08:00
Una sátira, con permiso de Lewis Carroll y de todos los que alguna vez confundimos estar ocupados con estar obedeciendo.
La mesa daba dos vueltas completas al salón de actos y todavía sobraba mantel.
Había café en termos plateados, infusiones para los más espirituales, leche vegetal para los más contemporáneos y pastas sobrantes de tres congresos diferentes, aunque la Secretaria de Actas aseguraba que las de chocolate pertenecían al último avivamiento.
También había tazas con versículos, bolígrafos con versículos, carpetas con versículos, pulseras con versículos y camisetas con el lema ENVIADOS dobladas en pilas perfectas. Nadie se las había puesto para no estropearlas.
Sobre el escenario se alzaba un arco de globos. Nadie recordaba de qué celebración procedía, pero todos coincidían en que había sido tremendamente bendecida.
En la pared principal, un reloj marcaba las seis.
Llevaba años marcando las seis.
En una ocasión, alguien propuso cambiarle la pila, pero el Coordinador General explicó que aquello podía alterar la identidad de la comunidad.
—Las seis es una hora profética —había dicho—. Ya no es temprano, pero todavía no es tarde. Es la hora perfecta para prepararnos.
Desde entonces, nadie volvió a tocarlo.
Aquella tarde había asamblea.
Es decir: como todas las tardes.
Presidía la mesa el Coordinador General de la Comisión Permanente para el Impulso del Envío, un hombre de voz grave que poseía el don de convertir cualquier pregunta sencilla en un plan estratégico de cinco años.
A su derecha se sentaba la Secretaria de Actas Eternas, una mujer meticulosa que anotaba cuanto sucedía, cuanto no sucedía y cuanto se esperaba que sucediera cuando por fin se aprobara el reglamento que permitiría que sucediera.
Junto a ella dormitaba el hermano Estadístico, abrazado a un informe de ciento cuarenta páginas titulado:
CRECIMIENTO EXPONENCIAL DE NUESTRA INFLUENCIA POTENCIAL
El informe demostraba que, si continuaban creciendo al ritmo previsto, dentro de cuarenta años alcanzarían exactamente el número de personas que ya asistía a las reuniones.
También estaban el doctor Contexto, que advertía constantemente que ninguna acción podía iniciarse sin conocer primero el trasfondo histórico, sociológico, antropológico y gastronómico del barrio; la hermana Visión, que cada enero anunciaba que aquel sería «el año de salir»; y el pastor Multiplataforma, encargado de comunicar al mundo todo lo que la iglesia estaba a punto de hacer.
En el extremo de la mesa se encontraba el diácono Protocolo, rodeado de formularios.
Su ministerio consistía en asegurarse de que nadie emprendiera nada de manera precipitada, espontánea o difícil de archivar.
Fue entonces cuando llegó Mateo, un recién convertido.
Entró con una Biblia nueva bajo el brazo y ese brillo en los ojos que los veteranos contemplaban con una mezcla de ternura y preocupación, como quien mira una vela recién encendida y calcula cuánto tardará en descubrir las corrientes de aire.
—Llegas justo a tiempo —le dijo el Coordinador—. Estamos hablando de evangelismo.
Mateo sonrió.
—¡Qué bien! ¿Cuándo salimos?
Se hizo uno de esos silencios que, en ciertos círculos cristianos, reciben el nombre de «momento de reflexión».
La Secretaria dejó la pluma suspendida sobre el papel.
El hermano Estadístico abrió un ojo.
El diácono Protocolo se llevó una mano al pecho.
—¿Salir? —preguntó el Coordinador.
—Sí. A hablar con la gente. A compartir el evangelio.
—Naturalmente —respondió el Coordinador—. Eso es exactamente lo que estamos preparando.
—¿Y cuándo lo haremos?
—Después del próximo congreso —dijo la Secretaria.
Todos asintieron, aliviados.
Mateo, que todavía no dominaba el idioma eclesiástico, insistió:
—¿Y cuántos congresos hacen falta para cumplir la Gran Comisión?
—Uno más —respondió el Coordinador.
—¿Y después?
—Otro para consolidar lo recibido en el anterior.
—¿Y después?
—Una cumbre de líderes —añadió la hermana Visión.
—¿Y después de la cumbre?
—Un retiro para procesar lo vivido en la cumbre —explicó el doctor Contexto.
—¿Y después del retiro?
—Una jornada de evaluación —dijo el hermano Estadístico sin abrir los ojos.
—¿Y después de evaluarlo?
—Habrá que presentar las conclusiones —respondió la Secretaria.
—¿Y después de las conclusiones saldremos?
El diácono Protocolo carraspeó.
—No sin haber creado antes una comisión de seguimiento.
—¿Y cuánto tiempo lleváis preparándoos?
El hermano Estadístico se despertó justo para responder:
—Dos mil años.
Y volvió a dormirse.
Se produjo otro momento de reflexión.
—¿Otro café? —ofreció la Secretaria.
Mateo aceptó una taza.
El pastor Multiplataforma lo fotografió con la taza en la mano.
—Sonríe —le pidió—. Pondremos: «Nueva generación ardiendo por las naciones».
—Pero yo no he ido a ninguna nación.
—No hace falta —respondió el pastor—. La comunicación es profética: anuncia lo que esperamos que algún día ocurra.
A las seis y cuarto —es decir, a las seis— el Coordinador dio dos palmadas.
—¡Tiempo de renovación!
Todos se levantaron con sus tazas y avanzaron un asiento hacia la derecha.
Mateo, arrastrado por la corriente, terminó delante de una pasta mordida y un cuaderno ajeno. El pastor Multiplataforma aprovechó el movimiento para colgarle al cuello una acreditación plastificada:
AGENTE DE TRANSFORMACIÓN GLOBAL
—¿Para qué hemos cambiado de sitio? —preguntó Mateo.
—Para no estancarnos —explicó el Coordinador con solemnidad—. Esta es una comunidad en constante movimiento.
Y era verdad.
Se movían constantemente.
Alrededor de la mesa.
La hermana Visión levantó entonces las manos.
—Siento que ha llegado un tiempo nuevo —declaró.
Todos prepararon sus teléfonos para grabarla.
—Durante demasiado tiempo hemos permanecido sentados. Dios nos llama a levantarnos. Dios nos llama a cruzar fronteras. Dios nos llama a salir de nuestra comodidad.
—¡Amén! —gritaron todos.
—¡Es tiempo de atravesar las puertas!
—¡Amén!
—¡Es tiempo de pisar las calles!
—¡Amén!
—¡Es tiempo de ir!
El entusiasmo fue tan grande que durante varios minutos nadie pudo moverse.
Cuando cesaron los aplausos, la Secretaria propuso convertir aquellas palabras en el lema del próximo año:
LEVÁNTATE, CRUZA Y VE
El pastor Multiplataforma pidió una versión más breve para las redes sociales.
Finalmente quedó:
#VAMOS
Se aprobó por unanimidad.
—Entonces, ¿vamos? —preguntó Mateo.
—Todavía no —dijo la hermana Visión—. Primero debemos apropiarnos de la palabra.
En la pared del fondo colgaba un enorme mapa del mundo, erizado de chinchetas de colores, fotografías de misioneros y cintas que unían ciudades mediante trayectorias que nadie había recorrido.
La Secretaria se acercó a él con legítimo orgullo.
—Las chinchetas rojas son ciudades que tenemos en oración desde 1987. Las verdes son pueblos que hemos adoptado espiritualmente. Las amarillas son lugares que adoptaremos cuando hayamos terminado de adoptar los verdes. Las azules representan territorios estratégicos.
—¿Y qué significa que un territorio sea estratégico?
—Que hemos hablado de él en más de cinco reuniones.
Mateo examinó el mapa.
—¿Quién ha ido?
—¿Adónde?
—A alguna de esas ciudades.
La Secretaria consultó las actas.
Nadie había ido nunca, pero constaban trescientas cuarenta reuniones sobre el tema, dieciocho semanas misioneras, siete desayunos continentales y una noche de banderas.
—También hemos enviado muchas cosas —aclaró el Coordinador.
—¿Misioneros?
—Saludos.
—¿Algo más?
—Un vídeo.
—¿Y personas?
—Estamos trabajando en ello.
El hermano Estadístico señaló una gráfica.
—Nuestra sensibilización misionera ha aumentado un cuarenta y siete por ciento.
—¿Cómo se mide la sensibilización?
—Por el número de personas que se emocionan cuando proyectamos el vídeo.
—¿Y cuántas han salido?
El Estadístico repasó la gráfica con el dedo.
—Eso no forma parte de los indicadores aprobados.
Luego oraron todos mirando el mapa.
Oraron por Asia, África, Europa y América. Oraron por los pueblos no alcanzados, por las ciudades, por las aldeas remotas y por los lugares cuyos nombres pronunciaron de tres maneras diferentes.
Algunos lloraron.
Y las lágrimas eran sinceras.
Eso es lo más inquietante de esta historia: todo era sincero.
No habían perdido la emoción.
Habían confundido la emoción con la obediencia.
No carecían de amor.
Habían aprendido a amar desde una distancia que no alterara demasiado su agenda.
Mientras oraban por «las necesidades de nuestro mundo», una anciana pasó lentamente frente a la ventana arrastrando un carro de la compra. Intentó subirlo a la acera, pero una rueda quedó atrapada.
Mateo hizo ademán de levantarse.
El diácono Protocolo lo sujetó del brazo.
—No debes abandonar una intercesión en curso.
—Pero esa mujer necesita ayuda.
—Precisamente estamos orando por las necesidades.
—Podría ayudarla y volver.
—Eso rompería la unidad del momento.
La mujer tiró dos veces del carro, logró liberarlo y continuó sola.
—Señor —oró el Coordinador con voz conmovida—, haznos sensibles al dolor que nos rodea.
—Amén —respondieron todos.
Mateo miró por la ventana.
—¿Y las personas de ahí fuera?
—No cambies de tema —le reprocharon—. Estamos hablando de misión.
Llegó el momento de los testimonios.
La hermana Victoria, misionera honoraria de la congregación, se puso en pie envuelta en un chal con motivos orientales.
—El Señor ha puesto profundamente las naciones en mi corazón —dijo.
—¿Cuándo comenzó ese llamado? —preguntó Mateo.
—En una escala de tres horas en el aeropuerto de Estambul.
—¿Salió del aeropuerto?
—No, hijo. Pero pude sentir la atmósfera espiritual desde la terminal.
Todos quedaron impresionados.
El pastor Multiplataforma tomó nota para entrevistarla.
A continuación habló el doctor Contexto.
—Debemos evitar un activismo superficial —advirtió—. Antes de hablar con nuestros vecinos necesitamos comprender sus códigos culturales.
—Mi vecino se llama Julián —dijo Mateo—. Vive solo. Podríamos empezar preguntándole cómo está.
El doctor sonrió con paciencia.
—Eso sería una aproximación excesivamente simplista. Primero deberíamos realizar un mapeo relacional del vecindario.
—¿Cuánto tarda?
—La fase preliminar, unos dieciocho meses.
—Julián tiene ochenta y seis años.
—Entonces convendría acelerar la fase diagnóstica.
El diácono Protocolo repartió un formulario titulado:
SOLICITUD PARA EL INICIO DE UNA CONVERSACIÓN ESPONTÁNEA CON PERSONAS NO PERTENECIENTES A LA COMUNIDAD
—Es por seguridad —explicó—. La espontaneidad mal administrada puede ocasionar precedentes.
Mateo leyó la primera pregunta:
«Exponga en no menos de quinientas palabras la finalidad de su posible saludo».
Dejó el formulario en blanco sobre la mesa.
A las siete —es decir, a las seis— los jóvenes del ministerio de comunicación apagaron las luces. Sonó una música épica. De la parte superior del escenario descendió una pancarta:
PRÓXIMO CONGRESO INTERNACIONAL
LA URGENCIA DE SALIR
«Porque el tiempo es ahora»
Tres días de plenarias sobre por qué no podemos esperar.
Plazas limitadas. Inscripciones anticipadas en el vestíbulo.
La ovación fue cerrada.
Alguien propuso un taller previo para preparar el congreso.
Otro sugirió un desayuno de oración para preparar el taller.
La hermana Visión recomendó una vigilia para discernir el lema del desayuno.
El doctor Contexto consideró imprescindible organizar un seminario sobre la evolución histórica de los desayunos de oración.
El hermano Estadístico solicitó una encuesta para determinar cuántos asistirían al seminario sobre el desayuno que prepararía el taller previo al congreso sobre la urgencia de salir.
Todas las mociones fueron aprobadas por unanimidad.
La Secretaria las anotó con su letra hermosa.
—También necesitaremos una ofrenda especial —dijo el Coordinador.
—¿Para enviar a alguien? —preguntó Mateo.
—Para cubrir el evento.
—¿Y qué cubrirá el evento?
—La necesidad de enviar a alguien.
—¿Y cuándo enviaremos a alguien?
—Cuando podamos organizar un evento lo bastante grande para recaudar fondos.
—¿Fondos para enviarlo?
—Fondos para organizar el evento.
El pastor Multiplataforma intervino:
—No olvidemos la escenografía. El año pasado hablamos de sencillez con una iluminación muy pobre.
En ese momento llamaron a la puerta.
Tres golpes.
Todos guardaron silencio.
Volvieron a llamar.
—¿No abre nadie? —preguntó Mateo.
—El orden del día no contempla interrupciones —dijo la Secretaria.
Llamaron por tercera vez.
Mateo se levantó y abrió.
En el umbral había un repartidor joven, empapado por la lluvia.
—Perdone —dijo—. Se me ha descargado el teléfono y no encuentro la dirección. ¿Podría llamar un momento?
Mateo buscó su móvil.
—Hermano —susurró el diácono Protocolo—, no sabemos quién es.
—Sabemos que está mojado.
—Eso no consta en su ficha.
Mateo le dejó el teléfono y le ofreció café.
El repartidor lo bebió de pie, dio las gracias y se marchó.
Cuando Mateo regresó a su asiento, todos lo observaban con preocupación.
—Has interrumpido la reunión —dijo el Coordinador.
—Había alguien en la puerta.
—Siempre hay alguien en la puerta.
—¿Y no será por eso por lo que existe la puerta?
El Coordinador respiró profundamente.
—Las puertas cumplen muchas funciones, hermano. No debemos caer en interpretaciones literales.
La hermana Visión cerró los ojos.
—Siento que Dios nos habla de puertas abiertas.
—Acabamos de abrir una —dijo Mateo.
—No apagues el Espíritu con razonamientos —le respondió ella.
Mateo miró el reloj.
Seguía marcando las seis.
Miró la mesa.
Habían consumido seis termos de café, cuatro bandejas de pastas y tres horas hablando sobre la necesidad de actuar con urgencia.
Entonces recogió su Biblia.
Se puso el abrigo.
—¡Hermano! —exclamó el Coordinador—. ¡La reunión todavía no ha terminado!
—Precisamente.
—¿Precisamente qué?
—Que mientras esta reunión no termine, la misión no empieza.
—No puedes marcharte así —dijo la Secretaria—. Falta el punto cuarenta y dos.
—¿Cuál es?
—Ruegos y preguntas.
—Ya he hecho demasiadas preguntas.
El Coordinador se levantó.
—¿Adónde vas?
Mateo señaló la puerta.
—A comprobar si el evangelio sigue funcionando fuera de esta sala.
—¡No estás preparado!
—Probablemente no.
—¡No tienes estrategia!
—Conozco el nombre de mi vecino.
—¡No llevas material!
Mateo levantó la Biblia.
—Llevo una buena noticia.
—¡Al menos espera a que te enviemos!
Mateo sonrió.
—Llevo toda la tarde esperando.
Se quitó la acreditación y la dejó sobre la mesa, junto al formulario en blanco.
Y abrió la puerta.
Entró una bocanada de aire fresco que agitó las servilletas, hizo volar varios formularios y apagó una vela decorativa que llevaba encendida desde el congreso sobre «Ser luz en medio de la oscuridad».
Todos se estremecieron.
—Cierra —pidió alguien—. Se está escapando el ambiente.
Mateo salió.
El diácono Protocolo cerró la puerta con cuidado para que no se enfriara el café.
—¿Quién era ese joven? —preguntó la hermana Victoria.
—No lo sé —respondió el doctor Contexto—. Parecía poco formado.
—Tenía potencial —dijo el Coordinador—. Una lástima que se haya precipitado.
—Ha dejado su acreditación —observó la Secretaria.
El pastor Multiplataforma la recogió. AGENTE DE TRANSFORMACIÓN GLOBAL, decía.
—Podríamos aprovecharla para una fotografía —propuso.
Y la conversación continuó, porque aún quedaban muchos puntos en el orden del día, todos ellos importantísimos.
Solo Clara, la hija pequeña de la Secretaria, permaneció junto a la ventana.
Vio a Mateo cruzar la calle.
Lo vio detenerse junto a la anciana del carro y ayudarla a subir las bolsas hasta su casa.
Después lo vio llamar al portal de Julián.
Un hombre muy viejo abrió la puerta.
Al principio parecía sorprendido.
Luego sonrió.
Mateo entró.
—Mamá, mira…
—Ahora no, cariño —susurró la Secretaria sin volverse—. Estamos decidiendo cómo llegar al barrio.
Clara siguió mirando.
En la sala, la hermana Visión comenzó a profetizar sobre una generación que cruzaría al otro lado.
El pastor Multiplataforma transmitió treinta segundos en directo.
El hermano Estadístico añadió al repartidor en el informe de asistencia.
El diácono Protocolo archivó la solicitud que Mateo no había rellenado.
El Coordinador anunció que el próximo mes comenzarían una serie titulada:
DE LA MESA A LAS CALLES
Serían doce conferencias.
En la pared, el reloj seguía marcando las seis.
Todavía era tiempo de prepararse.
Fuera, en el reloj de la farmacia, eran las ocho y doce.
Y mientras dentro seguían hablando de la luz, al otro lado de la calle acababa de encenderse una.
Breve comentario:
Esta sátira no se ríe de los congresos, de la formación, de la intercesión, de la organización ni de la comunión cristiana. Todas esas cosas pueden ser necesarias, legítimas y profundamente bíblicas.
Se ríe —con dolor, que es como un cristiano debería aprender a reírse de sí mismo— de la deriva que convierte los medios en fines y la preparación en una forma respetable de desobediencia.
Existe una actividad religiosa que agota, entretiene y hasta engorda, pero que no envía. Produce vocabulario, programas, acreditaciones, fotografías, emociones y estadísticas, mientras la misión permanece siempre aplazada hasta la siguiente temporada.
Podemos hablar tanto de evangelización que terminemos creyendo que hablar de ella equivale a evangelizar. Podemos conmovernos por las naciones sin acercarnos al vecino; celebrar el envío sin enviar a nadie; pedir puertas abiertas mientras mantenemos cerrada la que tenemos delante.
Jesús alimentó a las multitudes, pero no edificó un tabernáculo alrededor de las cestas. La mesa restauraba, enseñaba y fortalecía, pero después llegaba siempre un verbo de movimiento: levántate, ve, cruza, sígueme, anuncia.
La iglesia de Antioquía adoraba y ayunaba, pero su reunión fue interrumpida por la voz del Espíritu: «Apartadme a Bernabé y a Saulo». La presencia de Dios no los encerró en la sala; los lanzó hacia el mundo.
En la merienda del Sombrerero siempre son las seis. Los invitados se levantan, cambian de silla, se sirven otra taza y creen avanzar porque no dejan de moverse. Sin embargo, permanecen alrededor de la misma mesa.
También una iglesia puede acostumbrarse a vivir así: llena de actividad y vacía de dirección; emocionada, pero inmóvil; celebrando continuamente aquello que nunca se dispone a obedecer.
La pregunta que deja esta mesa no es si debemos reunirnos. Debemos hacerlo.
La pregunta es para qué nos reunimos:
¿Somos una iglesia que vive alrededor de la mesa o una iglesia que, fortalecida en la mesa, se levanta y sale desde ella?
Publicado en: EVANGÉLICO DIGITAL - Soliloquios - La reunión interminable que impide la misión