Redes sociales: ¿promover nuestra imagen o reflejar a Jesucristo?
Los evangélicos debemos reflexionar sobre cómo nos exponemos en las redes y cómo construimos una opinión pública respetable, restauradora y conciliadora.
06 DE SEPTIEMBRE DE 2026 · 08:00
El ethos evangélico dominicano está herido. El ser evangélico ha recibido golpes que trascienden a determinadas personas y terminan afectando la credibilidad del testimonio cristiano ante la sociedad. En los últimos meses hemos visto cómo líderes de reconocida influencia han sido objeto de intensos ataques a través de las redes sociales.
Justo es reconocer que, en muchos casos, el afán por la exposición en las redes nos ha llevado a confundir la visibilidad permanente en las plataformas digitales con eficacia para promover el evangelio de Jesucristo y su Reino de Dios.
La iglesia necesita detenerse a reflexionar bíblica y pastoralmente sobre lo que significa ser evangélico en este momento histórico de la República Dominicana. No basta con estar presentes en las redes sociales; debemos preguntarnos qué estamos comunicando, cómo lo estamos haciendo y cuál imagen del evangelio estamos proyectando.
Sin embargo, ninguna crisis puede hacernos olvidar la esencia del evangelio. El evangelio sigue siendo la verdad transformadora de Dios para una humanidad caída. Es el anuncio de que, por medio de Jesucristo y de su obra redentora, todo ser humano puede reconciliarse con Dios, experimentar una vida nueva y formar parte de la nueva creación. El evangelio no es una alternativa entre muchas; es la respuesta definitiva de Dios para la condición humana.
Precisamente por esa razón, quienes hemos recibido esta gracia estamos llamados a vivir y anunciar el evangelio con fidelidad a las enseñanzas de Cristo y a toda la Escritura. Nuestro mayor desafío no consiste en obtener más seguidores, sino en reflejar con integridad el carácter de Aquel a quien proclamamos.
También debemos examinar cuánto de nuestra práctica evangélica responde realmente a la Biblia y cuánto proviene de costumbres culturales que hemos terminado considerando verdades absolutas. Durante décadas hemos convivido con un "evangelio-cultura" que, en ocasiones, ha otorgado mayor autoridad a determinadas tradiciones, corrientes culturales y tendencias ruidosas de modas que a la propia Palabra de Dios.
A pesar de ello, es innegable la presencia creciente de las iglesias evangélicas en la vida nacional. Más allá de los templos que se levantan en barrios y sectores residenciales, existe una comunidad de fe que sirve, acompaña, evangeliza y anuncia un nuevo estilo de vida. Esa realidad constituye uno de los fenómenos religiosos y sociales más importantes del país.
Las iglesias son mucho más que lugares de culto. Son espacios donde se construyen relaciones, se fortalece el tejido comunitario, se cultivan valores y se acompaña integralmente al ser humano. La iglesia de Cristo está llamada a reconocer la dignidad de cada persona y a promover comunidades donde haya identidad, participación, solidaridad y esperanza.
Una estrategia para la comunicación pública
El notable crecimiento del movimiento evangélico ha estado acompañado por el desarrollo de numerosos medios de comunicación propios y, más recientemente, por una fuerte presencia en las plataformas digitales. Sin embargo, tener canales de comunicación no garantiza una comunicación sabia y efectiva.
Como señalaba Rolando Pérez, el desafío no consiste únicamente en desarrollar medios evangélicos, sino en construir una presencia estratégica en los espacios donde se forma la opinión pública. Hoy ese desafío es aún mayor. Las redes sociales han democratizado la comunicación, pero también han multiplicado la desinformación, la polarización, la confrontación y el juicio inmediato.
La pregunta ya no es si debemos estar presentes en esos espacios, sino cómo debemos estar. Nuestra comunicación debe contribuir a la verdad, la reconciliación, la justicia y la edificación de la sociedad, no a la búsqueda permanente de protagonismo o reconocimiento personal. La comunicación cristiana debe ayudar a construir consensos, visibilizar las buenas prácticas y promover iniciativas que favorezcan el desarrollo humano y el bien común. Esa sigue siendo una dimensión esencial de nuestra misión.
La credibilidad también se administra
Durante muchos años la comunidad evangélica ha logrado construir importantes niveles de confianza ante la opinión pública. Esa credibilidad no surgió espontáneamente; fue el resultado del testimonio de miles de creyentes que sirvieron con humildad, honestidad y compromiso. Pero la confianza es un patrimonio frágil. Puede edificarse durante décadas y deteriorarse en muy poco tiempo cuando la imagen pública del evangelio queda asociada a conflictos, escándalos, excesos o luchas de protagonismo.
Por eso resulta indispensable administrar con prudencia nuestra presencia pública. No toda exposición fortalece el testimonio cristiano. No todo espacio mediático debe ser ocupado. No toda controversia requiere una respuesta inmediata. El verdadero liderazgo cristiano no necesita estar permanentemente en el centro del debate público para cumplir su misión.
Hablar con responsabilidad
Con frecuencia observamos a líderes que emiten opiniones sobre toda clase de asuntos en nombre de la comunidad evangélica, cuando en realidad expresan posiciones personales que no han sido discutidas ni consensuadas por las instancias representativas correspondientes. No se trata simplemente de hablar, sino de discernir cuándo hablar, cómo hacerlo, sobre qué temas pronunciarnos y con qué propósito. Cada intervención pública debe contribuir a iluminar la realidad desde los valores del Reino de Dios.
Nuestra autoridad no proviene de la cantidad de seguidores que tengamos en las redes sociales, sino de la coherencia entre lo que predicamos y la manera como vivimos. Cuando la iglesia habla públicamente, lo hace como portadora de un mensaje profético. Por eso nuestras palabras deben estar marcadas por la verdad, la prudencia, la misericordia y el amor.
Como bien recomienda Bienvenido Álvarez Vega, el lenguaje de la iglesia debe ser piadoso, incluyente y libre de intereses partidistas, clasistas o raciales. La iglesia pertenece a todos y está llamada a hablar para todos, especialmente para quienes sufren, son vulnerables o no tienen voz.
La sociedad dominicana necesita una iglesia con presencia pública, pero también con sabiduría pública y una apropiado manejo de los temas de interés público. Necesita líderes capaces de comunicar sin estridencias, de influir sin exhibicionismo y de servir sin convertir el ministerio en un espectáculo.
Las redes sociales seguirán siendo un escenario inevitable de nuestra época. La verdadera pregunta es si estaremos allí para promover nuestra imagen o para reflejar el carácter de Jesucristo.
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