Senasa y el brutal atentado de la corrupción

El caso del Sistema Nacional de Salud es un atentado contra la vida, la familia y el futuro dominicano. No es un simple problema legal o institucional, es una enfermedad moral que atraviesa a funcionarios y ciudadanos.

23 DE DICIEMBRE DE 2025 · 08:00

Giuseppe Cuzzocrea, Unsplash,manzana podrida
Giuseppe Cuzzocrea, Unsplash

La oprobiosa depredación criminal perpetrada contra el Sistema Nacional de Salud (Senasa) constituye una afrenta social escandalosa, perversa y profundamente indignante. Se trata de una inmoralidad trágica, difícil de calificar en términos éticos, pues no reconoce límites ni admite el más mínimo miramiento humano que pueda suscitar comprensión o indulgencia. Es una barbarie innombrable, tan abominable y funesta, que desborda toda noción de dignidad y respeto, provocando repugnancia en la conciencia colectiva.

Este más que presunto fraude millonario contra Senasa se produjo por una estructura que, según las autoridades, operó durante más de cuatro años desviando fondos destinados a la atención médica de miles de afiliados. Las evidencias recopiladas muestran sobornos a gran escala, adulteración de estados financieros, programas sin sustento legal utilizados para distraer recursos y maniobras fraudulentas sistemáticas, que afectaron directamente el presupuesto destinado a servicios de salud.

Según las autoridades, la estructura habría operado con la participación conjunta de directivos, empleados y prestadores privados, quienes presuntamente se beneficiaron del desvío sistemático de recursos. El caso, que continúa en fase de investigación, podría revelar montos superiores a los ya estimados, según el propio Ministerio Público.

Una pandilla de individuos antisociales, arrogantes y jactanciosos, provistos incluso de títulos universitarios, ha desnudado sin pudor, con una desvergüenza que roza la insolencia, la ya frágil esperanza ciudadana. Con su conducta, han ultrajado el anhelo legítimo de una nación que clama por un manejo honesto, responsable y transparente de los recursos que todos producimos.

La corrupción vuelve a mostrarnos, con sorna, sus despiadadas garras. No se trata únicamente del daño directo, de la herida que sangra y del malestar que debilita y erosiona el bienestar colectivo. Se trata también del vil y descarado atentado que envuelve el engaño, la burla y el cinismo con que se nos restriega en el rostro la conducta de toda una asociación de pusilánimes y atemorizados, de cobardes sin vergüenza, que hacen del abuso una práctica cotidiana.

Esta realidad genera frustración y desconfianza, pues estos devastadores de la esperanza hieren de muerte los sueños que sostienen el esfuerzo diario de un pueblo trabajador. Hombres y mujeres que aspiran a vivir en quietud, sin temores ni sobresaltos, confiando en que el fruto de un trabajo justo, serio y honesto les permita honrar su dignidad humana, mirar el futuro con optimismo y construir proyectos de vida fundados en la esperanza y la realización personal y colectiva.

El psiquiatra José Miguel Gómez (1) sostiene que la corrupción administrativa que prevalece en la República Dominicana se ha convertido en una auténtica patología social. No se trata solo de un problema legal o institucional, sino de una enfermedad moral y ética que atraviesa tanto a funcionarios como a ciudadanos. Este mal, advierte, no se combate únicamente con leyes, sino mediante una profunda intervención en las creencias, valores y actitudes que configuran la conducta humana.

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La otra corrupción

Sin embargo, existe otra corrupción más discreta, más tolerada y menos irritante, aunque no por ello menos dañina ni mortífera que la exhibida en el caso Senasa. Es la corrupción sistémica: una práctica deshonesta “suave”, casi normalizada, que se disfraza de astucia, oportunidad o viveza. Son esas pequeñas acciones que se minimizan, que se consideran inofensivas, pero que, con el tiempo, se consolidan como hábitos aceptados socialmente.

Esta forma de corrupción es altamente adaptable: se maquilla, se suaviza con el lenguaje, se reviste de sutilezas sociales, políticas e incluso religiosas. Se instala como una tolerancia cómplice, un “dejar hacer” que termina convirtiéndose en un código informal de comportamiento, donde más que los valores, se ponen a prueba la perspicacia, la habilidad y el sentido de la oportunidad. Es una corrupción subrepticia y seductora, capaz de potenciarse hasta desembocar en escándalos mayores como Baninter, Odebrecht, Peravia o el propio Senasa.

El problema no radica únicamente en los mecanismos o en las oportunidades que ofrece el sistema democrático. El problema de fondo es la codicia; es la organización de estructuras diseñadas sobre la base de la injusticia, que favorecen a unos pocos en detrimento del bien común y de los derechos de la mayoría. El problema es, en esencia, la avaricia humana.

Esto es lo que llamamos inequidad social, y constantemente lo denunciamos porque   constituye un grave pecado estructural: un pecado del sistema mismo. Desde estas estructuras, los poderosos ejercen una violencia sistemática contra los más vulnerables sin enfrentar consecuencias; por el contrario, suelen ser aplaudidos y celebrados como “exitosos”, “eficientes” o “aptos”, beneficiarios de un orden que muchos han denominado, con razón, capitalismo salvaje.

Leonardo Boff (2) sostiene que la indignación ante la corrupción está dando paso a la resignación y la indiferencia debido a la impunidad generalizada. Desde una perspectiva teológica, interpreta la corrupción como una condición profunda del ser humano, vinculada al “pecado original”, que se expresa con mayor fuerza en el ejercicio del poder y en su relación con el dinero. Aunque no exista una cura definitiva, propone un camino ético y bíblico: denunciar al corrupto, apartarlo del poder y aplicar sanciones reales que contengan la expansión del mal.

En esta misma línea, el libro “Cómo prevenir la corrupción: Integridad y transparencia”, de Rafael Jiménez Asensio (3), analiza la corrupción como un fenómeno inherente al ejercicio del poder y subraya que, aunque las medidas represivas son necesarias, las preventivas resultan más decisivas para construir instituciones sólidas y confiables. El autor propone la creación de sistemas de integridad institucional basados en la ética pública, la autorregulación y la asunción consciente de valores por parte de todos los servidores públicos, no solo de los altos cargos.

Jiménez Asensio destaca la importancia de los códigos de conducta, la gobernanza ética y la complementariedad entre derecho y ética, recordando que no todo lo legal es necesariamente ético. Asimismo, analiza críticamente el papel de la transparencia, afirmando que no es un fin en sí mismo, sino un instrumento al servicio de la integridad y la rendición de cuentas. Advierte sobre los riesgos de una transparencia mal aplicada: su uso propagandístico, el control por las mismas instituciones evaluadas, el exceso normativo y la instrumentalización política, factores que pueden generar mayor desconfianza ciudadana en lugar de fortalecerla.

La obra propone, finalmente, un enfoque equilibrado y estratégico para prevenir la corrupción, centrado en la construcción de una cultura ética institucional real y sostenida, que supere las soluciones meramente formales o cosméticas, y plantea como posible mejora la creación de un órgano independiente que coordine de manera eficaz las políticas de integridad y transparencia.

El informe del PNUD 2005 (4) establece que la causa principal de la pobreza dominicana y del bajo desarrollo humano no es la falta de recursos económicos, sino el escaso compromiso con el progreso colectivo del liderazgo nacional político y empresarial –yo diría que también religioso– y la ausencia de un pacto social que garantice participación y empoderamiento de los sectores mayoritarios de la sociedad.

Para lograr esto, dice Luis Moreno Ocampo (5), hacen falta líderes que no se conformen con ser honestos individualmente, sino que además velen para que estas políticas sean implementadas; ciudadanos que, desde sus respectivos lugares en la sociedad, estén dispuestos a liderar los pequeños cambios y a exigir respeto por el bien común y claridad en las políticas orientadas a controlar la corrupción.

 

Referencia bibliográfica:

1. Gómez, J. M. (2011, 30 de abril). La corrupción se ha convertido en una “patología” social. El Día Digital.

2. Boff, L. (2012, 15 de agosto). Corrupto: quien tiene el corazón roto. LeonardoBoff.org. https://leonardoboff.org/.../corruptoquien-tiene-el.../

3. Soriano Arnanz, A. (2018). Reseña de: Rafael Jiménez Asensio, Cómo prevenir la corrupción: Integridad y transparencia. Dilemata. Revista Internacional de Éticas Aplicadas, (27), 405–409.

4. Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). (2005). Informe nacional de desarrollo humano 2005: Hacia una inserción mundial incluyente y renovada. Oficina de Desarrollo Humano del PNUD.

5. Moreno Ocampo, L. G., & de Michele, R. (1993). En defensa propia: Cómo salir de la corrupción. Editorial Sudamericana.

Publicado en: EVANGÉLICO DIGITAL - Para vivir la fe - Senasa y el brutal atentado de la corrupción