La defensa intelectual de la fe

La gran deserción de jóvenes cristianos en universidades seculares se debe a la falta de argumentos ante el ataque intelectual al cristianismo.

15 DE MAYO DE 2022 · 08:00

Dylan Gillis, Unsplash,debate, discusión
Dylan Gillis, Unsplash

Apologética es el nombre técnico que recibe la disciplina intelectual cristiana que se ocupa de la defensa de la fe ante los ataques que recibe del pensamiento secular, ya sea por intermedio de las ideologías seculares o las hipótesis y corrientes científicas contrarias a ella.

En su condición de actividad eminentemente intelectual corre actualmente el riesgo, como toda actividad intelectual, de volverse demasiado especializada, como ha sucedido en buena medida con la misma teología, y terminar convirtiéndose así en algo demasiado denso, árido y difícil de seguir para el no iniciado e incluso para muchos ya iniciados en ella, circunscrita cada vez más, por esta razón, casi exclusivamente al ámbito académico de los eruditos y especialistas, perdiendo así en buena medida su razón de ser al dejar de estar al servicio del grueso de la iglesia, como debería estarlo siempre, con el riesgo adicional de extraviar a sus cultivadores al promover la vanidad del erudito denunciada y condenada por el apóstol Pablo en sus epístolas.

De cualquier modo y sin perjuicio de estas salvedades y advertencias, y tal vez, con mayor razón, debido a ellas, la apologética debe hoy más que nunca ser rescatada en la iglesia, en especial en la órbita hispano parlante por las siguientes razones.

 

La idiosincrasia latinoamericana

Comencemos por decir que la idiosincrasia del latinoamericano es romántica, más dada a sentir que a pensar. Tal vez por ello el medio cristiano evangélico de Latinoamérica en general ‒y de Colombia en particular‒ se caracteriza por la búsqueda de emociones y la exaltación de los sentimientos y no propiamente por cultivar el intelecto y el pensamiento riguroso y racionalmente argumentado.

Esto tal vez explique en algún grado el éxito de las iglesias pentecostales en nuestro medio, pues sin desconocer los innegables beneficios que el pentecostalismo y el movimiento carismático trajo a la iglesia evangélica y católica por igual, lo cierto es que el pentecostalismo también terminó fomentando en los creyentes la búsqueda de experiencias místicas de marcado corte emotivo y presuntamente sobrenatural en perjuicio de la formación intelectual de los creyentes, a la cual suele descuidar y mirar con menosprecio e incluso sospecha.

Como resultado de ello el cristiano promedio de nuestras iglesias evangélicas suele estar incapacitado para hacer una defensa medianamente consistente y convincente de su fe ante los inconversos, ya sean  ateos, agnósticos, escépticos o seguidores de otras religiones indistintamente, sobre todo cuando éstos sí tienen alguna formación intelectual, proyectando así una imagen equivocada del cristianismo y reforzando ese viejo cliché ampliamente desmentido por la historia que afirma que la iglesia está formada por gente ignorante e influenciable de mente simple y conformista que encuentran en la fe un pobre consuelo y un fácil escapismo para sus problemáticas cotidianas.

Y la verdad es que una mayoría del pueblo evangélico latinoamericano brinda fundamento a este estereotipo.

 

La improvisación en los púlpitos

De hecho, el problema parte desde los mismos pastores y predicadores, para quienes la “unción” del Espíritu Santo se ha convertido en un pretexto para la ignorancia y la improvisación sistemática en el sermón que reniega tanto de la planificación como de la formación intelectual, rotulando a ambas como actividades poco espirituales que “apagan” e incluso “agravian” al Espíritu, coartando, limitando o impidiendo su presuntamente espontánea actividad en la iglesia.

La mediocridad y la falta de esfuerzo reciben de este modo positiva sanción en muchas congregaciones por medio de predicadores que no estudian ni preparan sus sermones pudiendo hacerlo, sino que suben al púlpito confiando en que la “unción” o la experiencia ya adquirida serán de sobra suficiente y terminan así inadvertidamente atribuyendo al Espíritu Santo las faltas propias de su pobre, superficial, repetitivo y plano sermón.

Por este camino no es difícil, entonces, que el grueso de la iglesia llegue a ver el estudio y la preparación intelectual como una actividad que fomenta el orgullo y desenfoca a los creyentes llegando así a satanizar estas actividades.

Parecería que la norma que muchos creyentes siguen es la instrucción dada por el Señor a sus discípulos con estas palabras: “Pero tengan en cuenta que no hay por qué preparar una defensa de antemano” (Lucas 21:14), sin considerar que estas instrucciones fueron dadas para circunstancias muy particulares, excepcionales e imprevistas en las que esta preparación previa no era ya posible y no para todos los casos.

Por el contrario, la norma general la dio el apóstol Pedro con estas palabras que conciernen a todos los cristianos sin excepción, no sólo a los ministros: “… estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros” (1 Pedro 3:15 RVR).

Hay, pues, que prepararse para presentar una defensa de la fe con actitud gentil y respetuosa, pero también con razones convincentes y de peso. De hecho, lo que el Señor quiso dar a entender en el pasaje citado de Lucas es que esta preparación constante, en virtud de la guía de su Espíritu, será más que suficiente para las ocasiones particulares imprevistas para las cuales no podamos preparar una defensa específica de antemano ante los tribunales, que era el caso por él señalado en esa oportunidad.

Para corroborar este diagnóstico de generalizado menosprecio hacia quienes cultivan y fomentan la actividad intelectual y el pensamiento riguroso en la iglesia y fuera de ella en el medio latinoamericano, es ya sabido que, a diferencia de las naciones desarrolladas, en nuestros países los maestros y docentes en todas las áreas figuran entre los profesionales peor pagados comparativamente hablando. Algo que puede trasladarse también a la iglesia, en la que el Dr. Alfonso Ropero decía en una de sus conferencias: “Hoy abundan los ‘profetas’ y escasean los maestros. Es comprensible. Los primeros apelan a lo inefable y a su propia autoridad subjetiva, los segundos son más difíciles de imitar, de falsificar. Hay que estudiar, hay que adquirir conocimiento y demostrarlo. Exige un trabajo arduo, que muchos no parecen querer tomarse las molestias de hacerlo”. 

Valdría, entonces, la pena reflexionar si nuestra inclinación natural hacia el sentimiento no encubre una pereza endémica hacia el pensamiento y la actividad intelectual, más ardua y exigente. Sea como fuere en la actualidad, lo cierto es que la citada instrucción del apóstol Pedro dio temprano origen en la iglesia a una actividad intelectual muy valiosa y fructífera que le ha permitido al cristianismo sortear con ventaja los ataques intelectuales que se le han dirigido desde el mundo por parte de los paganos cultos que buscan desprestigiarlo con todo tipo de argumentos. Esta actividad no es otra que la apologética.

 

Apologética, teología y evangelización

Ahora bien, la apologética es una disciplina estrechamente relacionada con la teología, en la medida en que, como ella, también acude con regularidad a las Escrituras para argumentar a favor del cristianismo, interpretándolas de manera sistemática, razonada y razonable. Pero en estricto rigor la apologética no puede confundirse con la teología, por cuanto la defensa del cristianismo por ella emprendida apela fundamentalmente, más que a las Escrituras, a las evidencias racionales a su favor que pueden encontrarse en la naturaleza y en todos los campos de la cultura y la experiencia humanas, incluyendo a la ciencia y la filosofía en todas sus formas. Como tal está demostrando ser hoy por hoy muy necesaria para evitar la masiva deserción del cristianismo emprendida por muchos jóvenes cristianos tan pronto ingresan a las universidades seculares y encuentran que no tienen argumentos para rebatir los ataques intelectuales directos o sutiles que desde sus cátedras se dirigen contra el cristianismo, cediendo finalmente de lleno a ellos y apostatando así de la fe.

La apologética debe, entonces, volver a formar parte de la vida y actividad de la iglesia, pero no como disciplina especializada, sino sabiamente incorporada a la homilética, es decir a los mismos sermones y mensajes habituales que se imparten desde sus púlpitos. De este modo, la apologética se perfila como la mejor estrategia, ya no sólo para evitar las deserciones del cristianismo en las universidades, sino también para que estos jóvenes cristianos debidamente capacitados en la apologética puedan llegar a ser eficaces evangelizadores en el medio académico en que se desenvuelven, constituyendo en las universidades seculares una punta de lanza que abone la evangelización, al desmontar y dejar expuesta la carencia de solidez de los cuestionamientos intelectuales hacia el cristianismo, despojando a quienes lo cuestionan de los pretextos que esgrimen para no prestar atención al mensaje de salvación que el evangelio proclama.

Porque si bien la argumentación a favor del cristianismo apelando únicamente a la Biblia puede ser convincente y concluyente entre quienes tienen a la Biblia en gran estima, no lo es entre quienes la cuestionan y la consideran un libro más. Por eso argumentar apelando a la Biblia ante un inconverso que no cree en ella se convierte en un diálogo de sordos en el que el cristiano termina argumentando en círculos, con poco o ningún poder de convicción. Precisamente, la apologética nos capacita para mostrar que la experiencia y la cultura humanas rectamente interpretadas y entendidas, confirman con holgada solvencia la revelación bíblica, de donde no tenemos que argumentar en círculos, sino que podemos apelar también a la ciencia, la filosofía y al pensamiento estrictamente racional para corroborar con suficiencia lo declarado en las Escrituras. Sólo así podremos salvar nuestra responsabilidad y dar cabal cumplimiento a nuestro deber de predicar el evangelio a un mundo escéptico que pide cada vez más razones convincentes para darle crédito y rendirse a él.

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