‘Cicatrices en nombre de la fe’, un viaje de dolor y sanidad
Un libro de Lina Montoya, basada en su experiencia de acompañamiento psicoespiritual a sobrevivientes de abuso de poder religioso.
22 DE OCTUBRE DE 2026 · 08:00
Lina Fernanda Montoya es de la tierra del café, la cumbia, el sanjuanero y el chontaduro. Hacia los 5 años vio a un tío abuelo leyendo la Biblia y él le dijo que era un libro muy importante sobre Dios, pero que había que saber leerlo porque uno se podía volver loco. Aquello no la asustó, le despertó curiosidad.
Desde los 8 años vive en Cali, «la sucursal del cielo». Llegó porque los jefes de su madre, empleada de servicio doméstico, le ofrecieron seguir trabajando con ellos allí y las acogieron en su casa. Eso es poco común en Colombia, donde muchas empleadas tienen que dejar a sus hijos al cuidado de otros, o incluso solos. Lina pudo crecer bajo el amor y los cuidados de su madre.
Sus tres familias (paterna, materna y de crianza) eran católicas, pero una tía, la única no católica, animó a su madre a presentarla al Señor de pequeña en una iglesia cristiana. Para su madre, ese fue el inicio de su relación con Dios. Desde niña hablaba con Él y sabía que estaba presente en su vida. A los 14 años, un amigo del barrio la invitó a un grupo de jóvenes de una iglesia cristiana. Allí el líder empezó a discipularla.
Su vida cristiana ha sido muy orgánica, en parte porque ha estado en tres congregaciones donde ha podido preguntar, expresar desacuerdos y aprender mucho en estudios bíblicos, discipulados, retiros y campamentos. Fueron a una iglesia wesleyana y otra bautista. Ahora se congrega en una plantación bautista reformada. En casi 28 años siguiendo a Jesús ha visto milagros visibles y, sobre todo, los que Dios ha hecho en su corazón y en su mente. Ha tenido crisis doctrinales, más que de fe, y ha aprendido a caminar con fe en Jesucristo en medio de la incertidumbre.
En la iglesia bautista conoció a su esposo, Darío Oliveros, músico y docente universitario, con quien ha experimentado el amor incondicional. Llevan 15 años juntos y tienen una niña de 11 años y un niño de 7.
Lina es psicóloga, especialista en Desarrollo Comunitario y en Cuidado Psicoespiritual, experta universitaria en Trauma y EMDR , y magíster en Gerencia para la Innovación Social. Cuenta, además, con estudios complementarios en logoterapia y construcción de paz. Es docente universitaria de la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Javeriana Cali y de la Fundación Universitaria Bautista.
Es conferencista, tallerista, terapeuta y cofundadora de la Red Colombiana contra el Abuso en Espacios de Fe —RedCAFE—. Desde 2019 se ha enfocado en brindar acompañamiento psicoespiritual a sobrevivientes de abuso de poder religioso.
Hablamos con ella ante la publicación de su primer libro, "Cicatrices en nombre de la fe"; toda una novedad (con prólogo de Almendra Fantilli y una servidora). Estará disponible a partir del 3 de noviembre en Amazon.
Pregunta.- Lina, ¿en qué momento sentiste que necesitabas escribir Cicatrices en nombre de la fe y por qué?
Respuesta.- Entre el año 2022 y 2023, varias de mis consultantes que estaban en atención psicológica por abuso espiritual me dijeron “deberías escribir un libro sobre esta realidad”. Sus razones giraban alrededor de denunciar la problemática y de educar con el propósito de prevenir que estos malos tratos en las congregaciones cristianas. Además, también una de ella me decía que con un libro así le ayudaba a los psicólogos a entender cómo atender estos casos, pues antes de conocerme pasó por varios psicoterapeutas que no comprendían sus experiencias, evadiendo el trauma psico religioso. Estos argumentos me hicieron rememorar que para atender a las víctimas del conflicto armado y desmovilizados de los grupos armados ilegales, los psicólogos tuvimos que aprender de la historia, dinámicas y del trauma psicosocial, para brindar una atención oportuna y relevante.
Además, revisando literatura sobre el abuso espiritual o de poder religioso, encontré pocos textos en español, y algunos eran traducciones de obras escritas originalmente en inglés y en países como Estados Unidos o Inglaterra. Pero no identifiqué amplia literatura de Iberoamérica y que trascendiera la mirada del perfil de quienes ejercen el abuso en espacios de fe.
P.- ¿Qué significa para ti el título Cicatrices en nombre de la fe?
R.- Toda cicatriz (en el cuerpo o el alma) tiene detrás una historia de herida, de enfermedad o de algo que impactó, y que dolió. La cicatriz es una muestra de la sanación de esa historia, en este caso, la sanidad de una herida causada por el poder religioso, ese poder que usa narrativas de fe para manipular conciencias, cuerpos, emociones y conductas.
Es diferente a las cicatrices de fe que han vivido nuestros hermanos perseguidos en la historia del cristianismo. Sus heridas han sido heridas por su fe, por mantenerse fieles a Cristo. Pero en el abuso espiritual, las heridas no fueron por la fidelidad a Cristo y a su evangelio, sino por fidelidad a los deseos de las figuras de poder eclesial y a las instituciones religiosas. Justo por eso el título señala “en nombre de la fe”.
P.- ¿Qué esperas que ocurra cuando alguien lea este libro?
R.- Deseo que las persona que están siendo dañadas en las iglesias puedan comprender lo que están viviendo y tomen decisiones informadas que las dignifique y proteja.
Para quienes han sobrevivido a los abusos de poder religioso, tengo la expectativa de que el libro se constituya en una guía para continuar sanando, elaborando, perdonando y, especialmente resignificando la experiencia de fe en Cristo.
Y para los lideres eclesiales y creyentes que tienen el llamado a prevenir el flagelo del abuso espiritual y a atender a quienes han sufrido tantos daños, espero que encuentren fundamentos conceptuales y aplicados para mitigar los riesgos y convertirse en las compañías sensatas y compasivas que requieren las personas que han atravesado un trauma psico religioso.
P.- La parte de los testimonios me parece muy especial, Lina. El detalle de darles nombres de flores habla de tu amor y sensibilidad para tratar el tema ¿Cómo se te ocurrió esto?
R.- Tenía claro que no quería presentar los testimonios como si fueran datos impersonales, fríos o distantes; quería darle vida a la narración de hechos tan íntimos que generosamente me compartieron en consulta. Un día, observando los lirios que cuida mi hija, quien además también tiene nombre de flor, se me ocurrió que podía pedirle a los/las dueñas de las historias que seleccionaran el nombre de una flor que representara su experiencia y el ejercicio resultó bastante terapéutico.
Cada participante realizó una indagación personal y luego me compartieron la descripción de la flor que había seleccionado. Este proceso se constituyó en una manera de honrar a las voces valientes, de darles un lugar protagónico en el libro e intenta que los lectores se acerquen a los testimonios con el cuidado con el que observan o tocan una flor.
P.- Una de las aportaciones del libro es precisamente ayudar a poner nombre a una realidad que muchas personas han vivido sin saber cómo definirla. ¿Qué es exactamente el abuso religioso o espiritual y qué lo diferencia de otras formas de abuso de poder?
R.- Hay varias definiciones del abuso espiritual o religioso que me ayudaron a comprender este fenómeno y que encontrarán en el primer capítulo del libro. Sin embargo, después de contrastar el análisis de literatura con los casos que he atendido a nivel psicoespiritual, lo he definido como un tipo de abuso de poder y de confianza que se presenta en interacciones mediadas por creencias y prácticas religiosas o espirituales.
Se diferencia de otros abusos porque se caracteriza por el uso indebido y sistemático de símbolos, narrativas sobre Dios y textos bíblicos para lograr el control de pensamientos, emociones y acciones con el fin de obtener beneficios particulares. Es un abuso que menoscaba la dignidad y la autonomía, altera las relaciones interpersonales debido a la desconfianza que transforma la percepción y las formas de vincularse con los demás.

P.- En el libro introduces y diferencias conceptos como abuso de poder, abuso espiritual, abuso de conciencia y violencia espiritual. ¿Por qué consideras importante hacer estas distinciones y qué aporta especialmente el concepto de “abuso de conciencia”?
R.- Son conceptos que se entrecruzan, aunque cada uno visibiliza una dimensión particular de las prácticas abusivas en las iglesias. Estas distinciones son necesarias para discriminar los tipos de violencia que ocurren tanto en relaciones asimétricas dentro de la experiencia religiosa como entre pares.
El abuso de conciencia es un término ampliamente desarrollado por la tradición y la teología católica, que busca centrar la atención en los impactos que el abuso genera en la conciencia humana; principalmente en la capacidad de emitir juicios morales y éticos, lo que en última instancia distorsiona la identidad.
P.- Hablas también de algo que puede resultar sorprendente: la “iatrogenia eclesial”, es decir, prácticas que pueden realizarse incluso con buena intención pero que terminan produciendo daño. ¿Dónde estaría la frontera entre una orientación pastoral legítima y una práctica abusiva?
R.- Como bien mencionas, hay líderes que, con muy buenas intenciones, muchos de ellos dan consejos impertinentes, desconectados del evangelio, tratando de defender lo que han establecido como “la sana doctrina” y muchas veces basados en su propia experiencia. Y aquí el error es acelerarse a querer resolver la vida de los otros sin ayudarlos a que dependan más de Dios, sin hacer un análisis profunda de su situación, y sin favorecer la autonomía y dignidad de las personas. En esos casos generalmente las conductas abusivas no son percibidas, y allí también se requiere urgentemente formación para que dejen de hacer daño.
Probablemente estas personas tienen un evangelio distorsionado y creen que Jesús necesita ser defendido, pero nuestro Seño no necesita ser defendido, sino anunciado y manifestado en actos de amor, servicio y justicia. En los casos de iatrogenia puede haber manipulación emocional pero probablemente nunca ejerzan abusos sexuales o estafas económicas; porque esto actos son deliberados.
Una orientación pastoral legítima se fundamenta en darle la Gloria a Dios y amar al prójimo. Esto último significa que pastorear se debe centrar en cuidar a la persona y ayudarla en la madurez de la fe en Cristo, sin transgredir su dignidad, libertad y autonomía, tal y como lo hizo Jesús. La frontera nace en el corazón, en detenerse a pensar para qué hago lo que hago y revisar si ese ejercicio de liderazgo es como el de Jesús.
P.- Otro de los elementos novedosos del libro es tu propuesta del “trauma psico religioso”. ¿Qué quieres expresar con este concepto y qué aporta frente a una comprensión convencional del trauma psicológico?
R.- Este concepto denota que los daños que experimenta una persona en el contexto eclesial están enraizados en las lógicas malsanas de las estructuras religiosas y no en alguna fragilidad emocional o psicológica de la persona. A diferencia de otras formas de trauma, sus causas se encuentran intrínsecamente vinculadas a creencias, prácticas, símbolos y sistemas religiosos específicos.
Nombrar de esta manera a las heridas que generan las instituciones religiosas, ayuda a ubicar el daño y darle el tratamiento requerido, debido a que inevitablemente el afrontamiento de estos debe ser responsabilidad de las comunidades de fe. Si sólo se categoriza los efectos como un cuadro de estrés postraumático, pareciese que es un daño sin responsables y que por lo tanto las únicas encargadas de sanar esas heridas son las mismas víctimas.
P.- No reduces el problema a «un líder malo», sino que analizas las estructuras, dinámicas de poder y culturas que sostienen el abuso. ¿Puede existir abuso espiritual sin que la comunidad sea consciente de que participa en una dinámica abusiva?
R.- Creo que, aunque no lo nombre así, la comunidad sí percibe que algo no está bien. Discierne dinámicas, narrativas y conductas incoherentes con el evangelio, pero por temor, por evitar problemas, por mantener la «armonía» o por no ser vista como rebelde a la autoridad, lo comenta en privado sin denunciarlo ni confrontarlo. Se convierte en un secreto a voces.
A veces aparece la desesperanza aprendida: tras ver a otros marcharse por los malos tratos o ser intimidados por expresar su desacuerdo, muchos asumen que nada cambiará y siguen como si nada. Así ocurrió en Solid Rock con el pastor J. P. Miller: unos se fueron al tomar conciencia de sus manipulaciones y violencias, otros se quedaron sabiéndolo. En otros casos, como el consejo de ancianos de esa iglesia o la Convención Bautista del Sur, el orgullo eclesial y el deseo de conservar una imagen próspera llevaron a dejar pasar lo inaceptable.
Pero el desconocimiento absoluto es raro: suele darse en asistentes irregulares o cuando el abusador oculta muy bien su máscara. Somos seres de hábitos y podemos acostumbrarnos al maltrato en la iglesia, sobre todo cuando se justifica en nombre de la fe.
P.- Planteas que una iglesia que quiera prevenir el abuso necesita protocolos de cuidado y restauración, con canales de denuncia independientes de la jerarquía. ¿Qué hace falta para que un protocolo sea una verdadera herramienta de protección y no solo un documento?
R.- Primero, una reflexión bíblica sobre el abuso y una descripción clara del problema, para saber por qué se construye. No puede ser algo para quedar bien, sino fruto de una reflexión profunda sobre el abuso espiritual y los riesgos de la propia congregación.
A partir de ahí, debe explicitar sus fundamentos bíblicos e incluir: medidas de prevención, cauces para recibir, investigar y atender denuncias, una ruta clara con responsables en cada etapa (idealmente un comité de ética permanente con un creyente externo, ejemplar y sabio), la denuncia ante las autoridades en los delitos contra menores y la orientación a las víctimas adultas para que denuncien, y el acompañamiento tanto de quien denuncia como de quien es denunciado.
Por último, el protocolo debe socializarse en la congregación, no solo dando a conocer el documento, sino educando sobre por qué se creó y qué sentido tiene desde la fe cristiana.
P.- El libro no se queda en la denuncia del abuso, sino que habla de recuperar la libertad, la autonomía y la fe. ¿Qué mensaje darías a quien ha sido herido en una iglesia y cree que debe renunciar a su fe, y qué ha cambiado en ti, en tu forma de entender la fe, la iglesia y la autoridad, tras escribirlo y escuchar tantas historias?
R.- Primero, le diría que lamento lo que vivió: nunca debió pasar y Dios se indigna ante esos hechos. Tiene razón en renunciar a la fe que le enseñaron negligentemente, una fe que es humo, contaminada por la vanidad humana. La fe en Jesús nace de lo sencillo, como la semilla de mostaza: amar a Dios tal como estemos, con la seguridad de Su amor, Su gracia y Su perdón. Cristo da libertad porque es el Camino, la Verdad y la Vida. Le animo a reconstruir su vida en Él desde una experiencia contemplativa y cotidiana, reconociendo Su presencia en cada paso.
Escribir este libro fue como un devocional continuo, orando por quienes sufrieron donde debían encontrar cuidado, y también por quienes abusaron, para que reconozcan lo que hicieron y busquen reparar el daño. Comprendí que la autoridad que Dios concede es para amar y servir: Su Reino es un Reino al revés.
Me sé parte del cuerpo de Cristo, más allá de una congregación o denominación; mi identidad es ser Su hija, buscando primero Su Reino y Su justicia. Fue una experiencia de tejido entre mi profesión y mi fe. Y la generosidad de estas voces valientes la vivo como un milagro: he visto huesos secos llenarse del aliento de Dios y, aunque quedan cicatrices, mis hermanas y hermanos caminan en la esperanza que solo Él concede.
Publicado en: EVANGÉLICO DIGITAL - Seneca Falls - ‘Cicatrices en nombre de la fe’, un viaje de dolor y sanidad