Muchos Giezis, pocos Eliseos

Es una historia poco popular, nos confronta demasiado de cerca. Eliseo rechazó los regalos de Naamán, pero hay muchos Giezis entre nosotros.

24 DE JUNIO DE 2026 · 10:00

 János Venczák, Unsplash,Eliseo Ginzei, avaricia riquezas
János Venczák, Unsplash

El siervo Giezi, cuyo perfil encontramos en el capítulo 5 de 2 Reyes, representa a aquellas personas dentro del pueblo de Dios cuyo corazón está dominado por una ambición desmedida y una avaricia insaciable. Aunque servía de cerca a un gran profeta, albergaba una debilidad oculta hacia las riquezas y los bienes materiales. La prosperidad de Naamán cautivó su mirada y despertó deseos que permanecían latentes en su interior.

La historia de Giezi nos recuerda que estar cerca de hombres y mujeres de Dios no garantiza una vida espiritual íntegra. Cada persona es responsable de cultivar su propia fidelidad y de velar por la pureza de sus motivaciones. Giezi simboliza a quienes permanecen fieles hasta que surge la oportunidad de enriquecerse, aun cuando para lograrlo deban recurrir al engaño, la manipulación, la mentira o el uso indebido del nombre de Dios y de sus siervos.

Quienes están dominados por este espíritu terminan viendo la realidad únicamente a través del prisma de lo material. El oro, la plata, las prendas costosas y los signos externos de prosperidad ocupan el centro de sus pensamientos. Su verdadera condición queda al descubierto cuando se encuentran frente a grandes sumas de dinero o bienes de alto valor, pues entonces afloran los deseos que gobiernan su corazón.

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Sin embargo, quienes están atrapados por la avaricia rara vez reconocen su condición. Con frecuencia justifican su afán material argumentando que son hijos del Rey y que, por tanto, deben vivir como príncipes. Es cierto que los creyentes son hijos del Dios dueño del oro y la plata, pero la Escritura nunca presenta esa verdad como una licencia para la ostentación o la codicia.

Lamentablemente, este espíritu se manifiesta con fuerza en algunos sectores del pueblo de Dios. Existen dirigentes que ocupan posiciones de influencia dentro de la iglesia y que se glorían en sus títulos, honores y credenciales ministeriales, pero cuya valoración del ministerio está estrechamente ligada al prestigio, las riquezas y las apariencias externas. Miden el éxito espiritual por la posición que ocupan, los bienes que poseen o el reconocimiento que reciben, olvidando que el verdadero valor del ministerio reside en la fidelidad, la humildad y el servicio.

Aquellos que buscan reconocimiento y autoridad a cualquier precio están dispuestos a sacrificar principios con tal de obtener lo que desean. Si Giezi utilizó el nombre del profeta Eliseo para conseguir plata, oro y vestidos costosos, también habría sido capaz de desacreditarlo si con ello hubiera obtenido algún beneficio personal. Cuando el amor al dinero gobierna el corazón, la lealtad, la verdad y la integridad se vuelven negociables.

Este espíritu continúa presente en nuestros días y debe ser desenmascarado a la luz de la Palabra de Dios. La vanidad, el materialismo y la codicia siguen siendo amenazas reales para la vida espiritual. Allí donde estas actitudes prevalecen, el testimonio del pueblo de Dios se debilita y la autenticidad del ministerio profético queda empañada.

 

Eliseo rechazó los regalos de Naamán

Eliseo comprendió que la sanidad de Naamán había sido una manifestación de la gracia y el poder de Dios, no una oportunidad para obtener ganancias personales. Por esa razón rechazó los valiosos regalos que el militar sirio insistía en entregarle. Su decisión tenía un profundo significado espiritual: quería demostrar que las bendiciones de Dios no se compran ni se venden y que la misericordia divina no puede convertirse en un negocio.

En una época marcada por la corrupción y el interés personal, Eliseo decidió marcar la diferencia. Su conducta reflejaba un compromiso inquebrantable con la gloria de Dios. Sin embargo, Giezi veía la situación desde una perspectiva completamente distinta.

Mientras Eliseo pensaba en honrar a Dios, Giezi pensaba en sí mismo. Mientras el profeta contemplaba una oportunidad para exaltar la gracia divina, su siervo veía una ocasión para enriquecerse. Por eso no pudo aceptar que los regalos fueran rechazados. Consideró que estaban dejando pasar una oportunidad para su enriquecimiento personal y resolvió actuar por cuenta propia, sin importar las mentiras y engaños que tuviera que utilizar.

En su corazón, Giezi ya había tomado una decisión. No estaba contemplando la obra de Dios ni el impacto espiritual que la sanidad de Naamán tendría sobre aquel hombre y su familia. Su atención estaba concentrada en los beneficios materiales que podía obtener. Donde Eliseo veía la gloria de Dios, Giezi veía ganancias personales.

No se trata de una realidad lejana ni de una simple narrativa bíblica destinada al recuerdo escolar o a la devoción superficial de mentes distraídas. La historia de Giezi sigue siendo una radiografía vigente de una condición humana que permanece entre nosotros. Lo que este relato enseña no pertenece únicamente al pasado; es una realidad cotidiana, un fenómeno recurrente que se manifiesta una y otra vez en nuestros días.

Quizás por eso no es una historia popular. Nos confronta demasiado de cerca. Todavía existen muchos Giezi que se celebran a sí mismos, fascinados por el brillo del prestigio, las riquezas y el reconocimiento personal.

Pero también siguen existiendo Eliseos: hombres y mujeres que, aunque indignados ante la corrupción de los valores espirituales, permanecen firmes, íntegros e inquebrantables en sus convicciones. Son personas que continúan apostando por una causa infinitamente más valiosa y duradera que la vanidad, el materialismo y la codicia que terminaron atrapando el corazón de Giezi

Publicado en: EVANGÉLICO DIGITAL - Para vivir la fe - Muchos Giezis, pocos Eliseos