Jimmy Carter, Bill Clinton y la ruptura del pudor público
La supervivencia política de Clinton supuso que la verdad ya no es indispensable para gobernar. El poder puede mantenerse por apoyo partidario y manejo mediático.
08 DE ENERO DE 2026 · 08:00
A quienes preocupa lo que sucede en el mundo de hoy les recomiendo leer este artículo de Víctor Grimaldi que apareció en el Diario Libre, este 7 de enero, 2023.
El autor compara las figuras de dos expresidentes de Estados Unidos, Jimmy Carter y Bill Clinton, destacando la profunda diferencia moral entre ambos y cómo esa diferencia marcó un cambio histórico en la cultura política estadounidense.
Jimmy Carter es presentado como un modelo de coherencia ética: alguien cuya vida privada, ejercicio del poder y conducta posterior a la presidencia mantuvieron una línea de responsabilidad, modestia y servicio. Su trayectoria encarna una visión del poder basada en límites morales y en la idea de que el presidente debe representar una autoridad confiable. Incluso en tiempos difíciles, Carter nunca usó el cargo para beneficios personales ni buscó manipular la opinión pública.
Por décadas, la política estadounidense se sostuvo en una ficción útil: la separación entre la vida privada de los líderes y su imagen pública, sostenida por el pudor y la necesidad de preservar la confianza institucional. Ese equilibrio se rompió en la década de 1990 con la presidencia de Bill Clinton.
El caso Mónica Lewinsky marcó un punto de inflexión. Aunque Clinton no fue el primer presidente con comportamientos inmorales, sí fue el primero en sobrevivir políticamente a la exposición completa de un escándalo sexual, a la mentira bajo juramento y a un proceso de impeachment.
Su supervivencia envió un mensaje peligroso: que la verdad ya no era indispensable para gobernar, y que el poder podía mantenerse mediante resistencia, apoyo partidario y manejo mediático. Con Clinton no comenzó el pecado, sino la desvergüenza institucionalizada.
La distancia entre Carter y Clinton no es solo generacional o partidaria, sino profundamente moral. Carter creía que la credibilidad del presidente es irrenunciable, clave para la autoridad del Estado. Clinton demostró que se podía separar la conducta personal de la legitimidad política y sobrevivir gracias al cálculo político.
Carter nunca avaló ni relativizó las acciones de Clinton; su silencio constituyó una forma de juicio moral. Mientras Carter conservó una vida limpia de corrupción, privilegios o manipulación del legado histórico, Clinton abrió la puerta a una política donde el escándalo se administra y la responsabilidad se diluye.
En resumen, Carter representa la ética que se perdió; Clinton simboliza el quiebre del pudor público y la normalización de la política sin consecuencias.
Publicado en: EVANGÉLICO DIGITAL - Para vivir la fe - Jimmy Carter, Bill Clinton y la ruptura del pudor público