El arrepentimiento que premia al agresor y silencia a la víctima

El arrepentimiento del agresor sexual que nunca repara el daño ni se somete a un proceso de rendición de cuentas real no es el arrepentimiento que enseña Jesús.

02 DE JUNIO DE 2026 · 08:00

Milada Vigerova, Unsplash,mujer llorando, mujer lluvia
Milada Vigerova, Unsplash

Hay un patrón que se repite con una regularidad perturbadora en los círculos evangélicos. Un hombre famoso —predicador, músico, líder, figura pública con fama ganada en el mundo del entretenimiento o del deporte— es acusado de agresión sexual. Durante un tiempo la historia circula, genera ruido, divide opiniones. Y luego, meses o años después, ese mismo hombre reaparece en el escenario. Esta vez con una Biblia. Esta vez con un testimonio. Esta vez presentado por algún pastor influyente en una plataforma grande, ante miles de personas, como prueba viviente del poder transformador del evangelio.

Las víctimas siguen siendo anónimas.

Eso no es un detalle secundario. Ese es el centro del problema.

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Un arrepentimiento sin dirección

Cuando Zaqueo, el recaudador de impuestos de Jericó tuvo su encuentro con Jesús, algo extraordinario sucedió. Lucas lo narra con una sencillez que no debe hacernos perder el peso del momento: Zaqueo se bajó del árbol, recibió a Jesús en su casa, y dijo: "La mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado" (Lucas 19:8).

No dijo: "Me arrepiento en mi corazón." No organizó una conferencia para hablar de su transformación. No le pidió a nadie que le diera una plataforma para contar su historia. Lo primero que hizo fue mirar hacia las personas a quienes había hecho daño y decir: voy a reparar esto.

El arrepentimiento bíblico tiene una dirección concreta: la restauración no solo del victimario sino, y en un lugar importante, de las víctimas. No es una experiencia interna que se cierra en sí misma. La experiencia personal siempre se deriva en realidades de bienestar comunitario. No es arrepentimiento sentirse mejor con uno mismo frente a las malas decisiones que se tomaron. No es una noche de llanto en un altar: las lágrimas en la presencia de Dios deben llevarnos a reconocer las consecuencias sociales de nuestras acciones. Es un giro real, verificable, que involucra a las personas que fueron afectadas.

El arrepentimiento del agresor sexual que se convierte al evangelio pero nunca enfrenta a sus víctimas, que nunca repara el daño, que nunca se somete a un proceso de rendición de cuentas real, no es el arrepentimiento que enseña Jesús. Es una experiencia espiritual privatizada que le sirve al agresor para seguir adelante con su vida, ahora con una narrativa más poderosa, con un ejército de defensores fieles dispuestos a minimizar los actos de agresión alegando que todos pecamos y por lo tanto nadie debe señalar o denunciar los pecados de otros, mientras las personas que fueron heridas por él continúan cargando su experiencia en silencio o con un ejército de creyentes dispuesto a revictimizarlas.

 

Lo que el escenario comunica

Cuando una iglesia grande, o un pastor reconocido, o una plataforma digital cristiana presenta a un hombre acusado de agresión sexual como nuevo predicador del evangelio, está enviando un mensaje. Puede que no sea intencional, pero es inequívoco.

El mensaje dice: lo que les pasó a las víctimas importa menos que la historia de redención del agresor.

El mensaje dice: el dolor de ellas es el telón de fondo de la gloria de él.

El mensaje dice: si eres famoso antes de agredir, tienes más posibilidades de que tu conversión sea celebrada.

Porque ese también es un patrón que vale la pena nombrar. Este fenómeno casi siempre ocurre cuando el agresor ya tenía fama. La iglesia no inventa plataformas para hombres desconocidos que se arrepienten de haber agredido. Las inventa para los que ya eran alguien. La conversión se convierte así en extensión de la celebridad, y las víctimas —que en su gran mayoría son personas comunes, sin fama, sin acceso a esas plataformas— quedan invisibilizadas dos veces: primero cuando fueron agredidas, y luego cuando el mundo celebra al que las agredió.

Eso no es justicia. Ni siquiera se le parece.

 

La psicología del círculo protector

Hay algo en la psicología de muchas comunidades evangélicas que activa, de manera casi automática, un mecanismo de protección hacia la figura del líder o del famoso acusado. Se le rodea. Se le defiende. Se habla de "restauración". Se apela a textos como "no juzguéis" o "el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra" para crear un ambiente en que cuestionar la rapidez de esa restauración se convierte, paradójicamente, en el acto moralmente sospechoso.

La compasión —que es un valor genuinamente evangélico— se activa con generosidad cuando el acusado es conocido, cuando tiene historia dentro del movimiento, cuando su caída genera tristeza en muchos.

Pero esa misma compasión que se derrama sobre el agresor suele escasear cuando se habla de las víctimas. A ellas se les pide madurez espiritual. Se les recuerda el deber del perdón. Se les advierte sobre el peligro de la amargura. Se les sugiere, con distintos grados de sutileza, que su dolor no debería convertirse en obstáculo para la obra de Dios.

Y si la víctima no es cristiana, ni siquiera aplica el trámite. Simplemente desaparece. Se vuelve el dato incómodo que nadie menciona, la pieza anónima que, sin saberlo ni quererlo, contribuyó a la construcción de este hermoso testimonio. Porque lo que importa —alabado sea Dios— es el nuevo predicador que está de pie frente a miles de personas dando fe de la obra transformadora del Espíritu. Ella, quienquiera que sea, cumplió su función en la historia. Ya puede retirarse.

Es una inversión cruel de las prioridades del evangelio.

Jesús no fue conocido por rodear y proteger a los poderosos que habían abusado de su posición. Fue conocido exactamente por lo contrario: por ponerse del lado de los que habían sido pisoteados por esos poderosos. "El Espíritu del Señor está sobre mí —leyó Jesús en la sinagoga de Nazaret— por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres. Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar libertad a los cautivos..." (Lucas 4:18).

La víctima de agresión sexual es alguien con el corazón quebrantado. Es alguien que fue hecha cautiva por el poder de otro. Si el evangelio que predicamos no llega primero a ella, con ternura y sin condiciones, estamos predicando otro evangelio.

 

Lo que la iglesia tendría que hacer diferente

El arrepentimiento genuino de un agresor no debería ser un espectáculo. Debería ser, antes que nada, un proceso supervisado, orientado hacia las personas que fueron heridas. La iglesia tiene la responsabilidad de no premiar con visibilidad pública a quien no ha dado cuenta concreta del daño específico que causó.

Eso no es falta de gracia. Es precisamente gracia: tomarse en serio las consecuencias del pecado sobre las personas reales. La gracia barata —la que perdona sin exigir reparación, la que restaura sin pasar por el dolor de las víctimas— no es el evangelio. Es un anestésico social que le sirve a los que tienen poder y deja desamparados a los que no lo tienen.

Una iglesia que toma en serio el arrepentimiento de un agresor debería preguntarse, antes de darle un micrófono: ¿han sido contactadas las víctimas? ¿Han tenido la oportunidad de ser escuchadas, acompañadas, reparadas? ¿Han podido decir lo que necesitan decir sin que se les pida que guarden silencio en nombre de la restauración del otro? ¿O simplemente asumimos que él ya "lo resolvió con Dios" y eso es suficiente?

El Dios de la Biblia no es un Dios que cierra los ojos ante el daño hecho a personas concretas. Es el Dios que le pregunta a Caín: "¿Dónde está tu hermano?" Es el Dios que escucha el clamor de los oprimidos. Es el Dios que le dice a Israel, una y otra vez, que no hay liturgia aceptable cuando hay injusticia sin resolver: "No me traigan más vanas ofrendas... ¡Aprendan a hacer el bien! ¡Busquen la justicia! ¡Ayuden al oprimido! ¡Hagan justicia al huérfano! ¡Aboguen por la viuda!" (Isaías 1:13,17).

 

Una última incomodidad

El arrepentimiento mediatizado del agresor famoso no es solo un problema ético. Es también un problema narrativo. Construye, para miles de personas que observan, una imagen del evangelio en la que el protagonista de la gracia es siempre el que tenía poder. El pecador que se convierte y sube al escenario a predicar. Las víctimas, mientras tanto, son el fondo dramático de esa historia: necesarias para que la caída sea impresionante, pero prescindibles para que el final sea celebrado.

El evangelio de Jesús no funciona así. En el evangelio de Jesús, los últimos son los primeros. Las personas que fueron aplastadas por el poder de otros son las que reciben la visita, la atención, la voz. Y los que ejercieron ese poder están invitados a arrepentirse de verdad —lo que significa, entre otras cosas, que por un tiempo quizás no deberían tener escenario.

No porque Dios no pueda restaurar. Sino porque restaurar no es lo mismo que premiar.

Y la diferencia entre las dos cosas la sienten, en carne propia, quienes siguen esperando que alguien en la iglesia les pregunte cómo están.

Publicado en: EVANGÉLICO DIGITAL - TeoCotidiana - El arrepentimiento que premia al agresor y silencia a la víctima