Materialismo, el engaño de las riquezas
El afán por poseer y la ilusión de seguridad financiera son una de las principales trampas espirituales de nuestro tiempo.
21 DE JUNIO DE 2026 · 08:00
El engaño como cumplimiento profético (7)
En el mensaje escatológico de Jesús y en las cartas apostólicas, hay una advertencia que resuena con fuerza: los últimos días estarían marcados por un espíritu de engaño global. Aunque solemos asociar este extravío con falsos profetas o señales milagrosas, las Escrituras revelan un enemigo mucho más sutil, cotidiano y devastador: el materialismo. El afán por poseer y la ilusión de seguridad financiera se han convertido en una de las principales trampas espirituales de nuestro tiempo.
A continuación, analizaremos cómo la fascinación por los bienes terrenales ahoga la fe, tuerce el corazón humano y prepara el escenario para la apostasía de los tiempos del fin.
El diagnóstico: una semilla ahogada por los espinos
El peligro del materialismo no radica únicamente en la posesión de bienes, sino en su capacidad para neutralizar la vida espiritual. En la Parábola del sembrador, Jesús expone con claridad este fenómeno:
«La semilla sembrada entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, por lo que esta no llega a dar fruto» (Mateo 13:22).
El texto no dice que las riquezas destruyan la semilla de inmediato, sino que la ahogan. Es un proceso lento, asfixiante y silencioso. El creyente sigue asistiendo a la iglesia y escuchando el mensaje, pero su mente y sus energías están consumidas por el estatus y la acumulación. El «engaño» consiste en hacer creer al individuo que necesita «un poco más» para estar seguro, robándole el tiempo, la devoción y el espacio mental necesarios para que la verdad de Dios fructifique en su vida.
La ilusión del dinero y la insatisfacción crónica
El rey Salomón, quien experimentó la cúspide de la opulencia humana, dejó plasmada en el libro de Eclesiastés la radiografía de un corazón entregado a la avaricia. El dinero promete plenitud, pero entrega vacío:
«El que ama el dinero no se saciará de dinero; y el que ama la riqueza no sacará fruto. También esto es vanidad. Cuando aumentan los bienes, aumentan también quienes los consumen. ¿Qué beneficio, pues, tendrá su dueño, aparte de verlos con sus propios ojos? Dulce es el sueño del trabajador, coma mucho o coma poco; pero al rico no le deja dormir la abundancia. Hay un mal doloroso que he visto debajo del sol: las riquezas guardadas por sus dueños para su propio mal, las cuales se pierden por mal empleadas, y al hijo que ellos engendraron nada le queda en la mano. Desnudo salió del vientre de su madre y así volverá; se irá tal como vino, sin ningún provecho de su trabajo que llevarse en la mano. También eso es un gran mal: que tal como vino se haya de volver. ¿Y de qué le aprovechó trabajar en vano? Además de esto, todos los días de su vida comerá en tinieblas, con mucho afán, dolor y miseria» (Eclesiastés 5:10-17).
La acumulación genera una clara contradicción: a mayor riqueza, mayor es la ansiedad por perderla y el insomnio provocado por la abundancia. El dinero acumulado egoístamente se convierte en el propio mal de su dueño. Al final de los días, la muerte iguala a todos; nadie se lleva nada de lo que construyó «debajo del sol».
No obstante, la Biblia no condena los bienes en sí mismos, sino su mal uso y la obsesión por ellos. El mismo Salomón equilibra la balanza al recordar que el sustento y el disfrute legítimo provienen de la mano divina:
«He aquí, pues, el bien que he visto: que lo bueno es comer y beber, y gozar de los frutos de todo el trabajo con que uno se fatiga debajo del sol todos los días de la vida que Dios le ha dado, porque ésa es su recompensa. Asimismo, a todo hombre a quien Dios da bienes y riquezas, le da también facultad para que coma de ellas, tome su parte y goce de su trabajo. Esto es don de Dios. Porque así no se acuerda mucho de los días de su vida, pues Dios le llena de alegría el corazón» (Eclesiastés 5:18-20).
El peligro radica en la cultura del hedonismo absoluto, un rasgo característico de la sociedad contemporánea que reduce la existencia a la gratificación instantánea: «Para pasarla bien se celebran banquetes. El vino es la alegría de los seres vivos. El dinero sirve para todo» (Eclesiastés 10:19).
Cuando una sociedad adopta la filosofía de que «el dinero sirve para todo», desplaza a Dios del trono y comienza a adorar al recurso en lugar de al Creador, que a final de cuentas es el dueño no sólo de la tierra, sino de cada ser viviente: «¡Del Señor son la tierra y su plenitud! ¡Del Señor es el mundo y sus habitantes!» (Salmo 24:1).
La raíz de todos los males y el peligro de la apostasía
El apóstol Pablo, escribiendo a su joven discípulo Timoteo, eleva el tono de advertencia respecto a las ambiciones financieras, catalogándolas como una trampa mortal para la fe en los últimos tiempos:
«Porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar. Así que, si tenemos sustento y abrigo, contentémonos con eso. Los que quieren enriquecerse caen en la trampa de la tentación, y en muchas codicias necias y nocivas, que hunden a los hombres en la destrucción y la perdición; porque la raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual algunos, por codiciarlo, se extraviaron de la fe y acabaron por experimentar muchos dolores» (1ª Timoteo 6:7-10).
El texto es tajante: «el amor al dinero es la raíz de todos los males». La codicia tuerce los valores morales y nubla el discernimiento. El peligro más severo no es la bancarrota económica, sino el extravío de la fe. Quien cae en esta trampa termina hundido en la destrucción espiritual, cosechando dolores profundos por haber cambiado lo eterno por lo temporal.
El conflicto de lealtades: ¿Dios o las riquezas?
Jesús fue sumamente claro al explicar que el sistema económico de este mundo opera como una deidad rival que exige adoración exclusiva. En el Sermón del Monte, estableció una línea divisoria inamovible e innegociable:
«No acumulen ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido corroen, y donde los ladrones minan y hurtan. Por el contrario, acumulen tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido corroen, y donde los ladrones no minan ni hurtan. Pues donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón... Nadie puede servir a dos amos, pues odiará a uno y amará al otro, o estimará a uno y menospreciará al otro. Ustedes no pueden servir a Dios y a las riquezas [Mamón]» (Mateo 6:19-21,24. Énfasis añadido).
El dinero no es un objeto neutro; detrás de él opera Mamón, el ‘señor’ del materialismo que busca gobernar el corazón. El ser humano está diseñado para adorar, y su corazón seguirá invariablemente a aquello que considere su mayor tesoro. No existe la neutralidad espiritual: o se sirve al Dios vivo o se rinde culto a las riquezas de la tierra.
El llamado a la verdadera provisión y las riquezas celestiales
Frente a la oferta engañosa del mercado mundial, Dios extiende una invitación gratuita a saciar el alma con lo que verdaderamente aprovecha. A través del profeta Isaías, se nos confronta sobre en qué estamos invirtiendo nuestra vida:
«Todos ustedes, los que tienen sed: Vengan a las aguas; y ustedes, los que no tienen dinero, vengan y compren, y coman. Vengan y compren vino y leche, sin que tengan que pagar con dinero. ¿Por qué gastan su dinero en lo que no alimenta, y su sueldo en lo que no les sacia? Escúchenme bien, y coman lo que es bueno; deléitense con la mejor comida. Inclinen su oído, y vengan a mí; escuchen y vivirán. Yo haré con ustedes un pacto eterno, que es el de mi invariable misericordia por David» (Isaías 55:1-3).
Las cosas más valiosas de la vida —la paz, la salvación, la redención y la comunión con Dios— no se pueden comprar con oro ni plata. El verdadero alimento para el espíritu humano se encuentra de rodillas, inclinando el oído a la voz del Padre, y leyendo y meditando en su Santa Palabra.
Por lo tanto, la verdadera opulencia del creyente no se mide en cuentas bancarias, sino en la obra interna del Espíritu Santo, tal como Pablo oraba por la iglesia de Éfeso: «para que por su Espíritu, y conforme a las riquezas de su gloria, los fortalezca interiormente con poder; para que por la fe Cristo habite en sus corazones...» (Efesios 3:16-17).
Cuando el hombre interior está fortalecido y cimentado en el amor de Cristo, el engaño de las riquezas pierde su poder de seducción. La seguridad de Jesucristo no depende de los vaivenes de la economía global ni de las fluctuaciones de las bolsas, porque sabe quién es su proveedor: «Mi Dios, pues, suplirá toda necesidad de ustedes conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús» (Filipenses 4:19).
Instrucciones para los tiempos del fin: generosidad en vez de esperanza incierta
El antídoto contra el veneno del materialismo no es la culpa, sino la mayordomía fiel y la generosidad radical. En su misma primera carta a Timoteo, Pablo ofrece una guía práctica sobre cómo deben conducir su vida aquellos que poseen bienes en este mundo:
«A los ricos de este siglo mándales que no sean altivos, ni pongan su esperanza en las riquezas, las cuales son inciertas, sino en el Dios vivo, que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos. Mándales que hagan el bien, y que sean ricos en buenas obras, dadivosos y generosos; que atesoren para sí mismos un buen fundamento para el futuro, que se aferren a la vida eterna» (1ª Timoteo 6:17-19).
La riqueza terrenal es calificada como «incierta». Poner la confianza en ella es edificar sobre arena. La orden divina es desviar la mirada de las posesiones y fijarla en el Dios vivo, utilizando los recursos temporales para hacer el bien, ser generosos y construir un fundamento sólido para la eternidad.
La advertencia final: el espejo de la iglesia de Laodicea
El clímax del engaño de las riquezas en los tiempos del fin se manifiesta de forma alarmante dentro de la propia iglesia. En el libro de Apocalipsis, Jesús dirige un mensaje directo a la última de las siete iglesias, Laodicea, la cual representa el estado espiritual de gran parte del cristianismo contemporáneo:
«Tú dices: “Yo soy rico; he llegado a tener muchas riquezas. No carezco de nada”. Pero no sabes que eres un desventurado, un miserable, y que estás pobre, ciego y desnudo. Para que seas realmente rico, yo te aconsejo que compres de mí oro refinado en el fuego, y vestiduras blancas, para que te vistas y no se descubra la vergüenza de tu desnudez. Unge tus ojos con colirio, y podrás ver» (Apocalipsis 3:17-18).
Laodicea sufría del peor tipo de ceguera: la autosuficiencia material combinada con la bancarrota espiritual. Su prosperidad económica les había hecho creer que contaban con el favor de Dios y que «no carecían de nada». Sin embargo, ante los ojos de Cristo, estaban espiritualmente desnudos y miserables.
Jesús ofrece la solución al engaño de las riquezas que sufre Laodicea (muchas iglesias hoy): cambiar las riquezas falsas por el oro refinado en fuego (la fe probada), las vestiduras blancas (la santidad y la justicia) y el colirio divino (el discernimiento espiritual para ver la realidad conforme al reino de Dios).
El engaño de las riquezas es una trampa espiritual silenciosa que busca apartar los ojos de la iglesia de la bienaventurada esperanza del regreso de Cristo. En un mundo que mide el éxito por el consumo y la acumulación, el pueblo de Dios está llamado a vivir contracorriente. No caigamos en la trampa de Laodicea. Seamos ricos en buenas obras, mantengamos nuestro corazón libre de la avaricia y busquemos las riquezas imperecederas de la gloria de Dios, entendiendo que nuestro verdadero tesoro está en los cielos; «pues donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón», aseguró nuestro Señor.
En nuestra próxima entrega —Dios mediante— profundizaremos acerca de otros artilugios del engaño.
--------------------------------------
Artículos anteriores de esta serie sobre "El engaño como cumplimiento profético"
1.- El engaño como cumplimiento profético
2.- La advertencia de Cristo: ‘Que nadie los engañe’
3.- La tecnología comunicacional al servicio del engaño
4.- Hombres engañadores en una sociedad de cómplices
5.- Entidades malignas como artífices del engaño
6.- OVNIs y alienígenas, engaño que va en aumento
7.- Materialismo, el engaño de las riquezas
Publicado en: EVANGÉLICO DIGITAL - Clarinada venezolana - Materialismo, el engaño de las riquezas