Lo que está en juego es la verdad

La cultura contemporánea ha hecho del Dios cristiano un recurso terapéutico, una marca religiosa y producto para ‘confort espiritual’ y bienestar emocional.

07 DE JUNIO DE 2026 · 08:00

Pete Linforth , Pixabay,cubo imposible, irreal mentira
Pete Linforth , Pixabay

Con sobrada razón, hoy se habla con insistencia sobre la identidad evangélica en América Latina. En los círculos de reflexión surge constantemente la pregunta: ¿qué significa ser evangélico y cuál es, en esencia, el verdadero sentido del Evangelio en nuestro tiempo? Esta inquietud nace en medio de un mundo plural, relativista y marcado por una tolerancia complaciente, donde la ley del mercado parece haberse convertido en la única norma válida y necesaria.

Sin embargo, muchos cristianos todavía no percibimos el grado de influencia que ejercen sobre nuestra forma de vida los nuevos paradigmas que moldean la cultura contemporánea. Vivimos en una sociedad sometida a cambios tan rápidos y radicales que apenas alcanzamos a comprender la magnitud de la transformación que estamos experimentando. Nos encontramos atrapados en el vértigo de una civilización que no entendemos del todo, pero que, aun así, dicta nuestras pautas y nos impone la tiranía de su marcha.

La sociedad posee sus propias normas, instituciones y mecanismos de control. Sabe jugar al escándalo y a la ocultación. Es un sistema que, como señaló nuestro Señor Jesucristo, “cuela el mosquito y se traga el camello”. La cultura crea sus intereses y los eleva a la categoría de absolutos. Desde las profundidades de la vida social se forman los gustos, se establecen los valores y se definen las prioridades colectivas. En sus movimientos esenciales, la sociedad rara vez se contradice a sí misma; funciona como un reino unificado cuya fuerza radica en su capacidad de autoprotección y en su poder avasallante para homogeneizar el pensamiento y modelar la conciencia colectiva.

El nuevo dios es el mercado. Él dicta las leyes y regula el comportamiento humano. Se trata de una maquinaria poderosa que mueve y controla prácticamente todo. La publicidad se ha convertido en el falso profeta que embellece y hace atractiva esta nueva bestia surgida de los escombros de las antiguas doctrinas e ideologías. Su principio supremo es la oferta y la demanda. Las reglas parecen diseñadas para sobrevivir mediante una especie de selección natural donde no prevalecen necesariamente los mejores, sino los más hábiles, fuertes y competitivos.

>>>>> Sigue el Canal de Evangélico Digital en WhatsApp, actualizado al minuto con los artículos y noticias publicados

Sin darnos cuenta, cada día estamos más integrados a los criterios de valoración del mundo. Dependemos cada vez más de sus estructuras y somos menos capaces de reaccionar críticamente frente a ellas. La tecnología, presentada muchas veces como un recurso neutral, no lo es realmente. La tecnología es un producto social; su uso está condicionado y, al mismo tiempo, condiciona. Todo medio empleado por el ser humano implica valores, intereses y decisiones éticas. Por eso, la tecnología nunca puede separarse de sus implicaciones morales.

La cultura contemporánea ha logrado incluso convertir al Dios de los cristianos en un recurso terapéutico, en una marca religiosa y en un producto de consumo destinado a proporcionar “confort espiritual” y bienestar emocional. El mercado puede vestirse con el lenguaje de la fe y realizar, aparentemente, milagros en nombre de Dios.

Lo importante ya no es si algo es verdadero, sino si resulta útil. Por eso muchas iglesias están perdiendo su fuerza evangelizadora; en ocasiones ya no se sabe si buscan personas para Cristo o clientes para una estructura religiosa. No son pocas las iglesias cuyos departamentos evangelísticos utilizan más estrategias de mercadeo que muchas empresas comerciales.

La tecnología y la lógica del mercado terminan aplastando la verdad en una sociedad obsesionada únicamente con los resultados rentables. Por eso hoy se ha abandonado el estudio serio de la filosofía y también la reflexión profunda sobre la inspiración plenaria y verbal de las Escrituras. Hemos transformado la Biblia en un manual de superación personal, de técnicas de éxito y de herramientas para competir dentro de una cultura de prosperidad y consumo.

Quien posee poder económico rara vez siente la necesidad de demostrar que tiene la verdad. Y como la verdad puede resultar incómoda y confrontadora, se prefiere una religión que no cuestione, que no exija discernimiento y que convierta la fe en mera experiencia emocional. Así todo resulta más cómodo, porque la verdad, muchas veces, duele. Si la iglesia no reflexiona seriamente frente a los cambios tecnológicos y culturales, terminará sometida a sus designios, a sus caprichos y a sus mecanismos de control. La tecnología sirve para producir más, pero también puede convertirse en un instrumento de exclusión y deshumanización.

Los nuevos recursos nos integran a una dinámica marcada por la rapidez, la superficialidad y la eficiencia, pero también nos robotizan, nos informatizan y nos alejan progresivamente de nuestra dimensión humana y espiritual. De esta realidad surge la necesidad de delimitar claramente lo que pertenece al mundo y lo que pertenece a la iglesia. No se trata de promover un dualismo externo basado en formas o protocolos religiosos. El verdadero conflicto es más profundo: tiene un carácter filosófico, espiritual y cultural.

La iglesia no está llamada al aislamiento ni al miedo, sino a una definición valiente de principios. Dios demanda una vida más piadosa, sencilla, reflexiva y firme; una comunidad capaz de vivir en medio del mundo sin someterse a sus valores dominantes. De poco servirá una iglesia plenamente integrada a las nuevas tecnologías si al mismo tiempo permanece atrapada por la soberbia, la autosuficiencia y la fascinación por el poder. La iglesia debe utilizar responsablemente los recursos tecnológicos, pero también necesita liberarse de la arrogancia que suele acompañar al poder económico y al prestigio social.

Cada vez que reflexionamos sobre la diferencia entre la iglesia y el mundo, Jesucristo debe ser nuestra referencia suprema. Nuestro Señor nunca se preocupó excesivamente por las apariencias externas ni por los cambios meramente formales. Las poses religiosas no constituyeron su prioridad. Cristo actuó siempre con firmeza cuando estaban en juego los valores del Reino de Dios. Precisamente por eso podía proclamar y establecer la verdad.

El gran problema del cristianismo contemporáneo es que Jesucristo ha dejado de ser el centro y la referencia absoluta. En muchos casos hemos construido una religión-cultura envuelta en el celofán del cristianismo, pero sustentada en los mismos valores promovidos por una sociedad que niega a Dios tanto en la teoría como en la práctica.

Hemos levantado una estructura apoyada en la tecnología, en el intercambio de bienes, en la búsqueda obsesiva del bienestar y en la satisfacción inmediata. Una estructura donde la verdad solo interesa cuando resulta útil y rentable. Y cuando deja de serlo, simplemente deja de importar.

Publicado en: EVANGÉLICO DIGITAL - Para vivir la fe - Lo que está en juego es la verdad