El pragmatismo político pulveriza la ética del poder

A menudo solo se gobierna para ganar elecciones, quedar bien con algunos sectores o mantener el poder ¿Dónde está la voz profética?

11 DE ENERO DE 2026 · 08:00

Steve Buissinne, Pixabay,mazo martillo, polvo escombros
Steve Buissinne, Pixabay

La democracia es una forma de organización social que atribuye la titularidad del poder al conjunto de la sociedad. En sentido estricto, la democracia es una forma de organización del Estado en la cual las decisiones colectivas son adoptadas mediante mecanismos de participación directa que confieren legitimidad a sus representantes.

En sentido amplio, democracia es una forma de convivencia social en la que los miembros son libres e iguales y las relaciones sociales se establecen de acuerdo a mecanismos contractuales.

Cuando voy a votar no solo marco una boleta. En realidad, estoy entregando mi confianza para que otros me representen y administren lo que es de todos. Les estoy dando permiso para gobernar en mi nombre, para cuidar los derechos de la gente y manejar el país de manera justa y ordenada, dentro de lo que llamamos el Estado dominicano, a través de un gobierno elegido por la mayoría.

Nuestra Constitución dice claramente que la República Dominicana es un Estado social, democrático y de derecho. Eso significa que el país debe gobernarse pensando primero en la dignidad de las personas, en el respeto a la ley, en los derechos fundamentales, en la justicia social y en que nadie esté por encima de la ley. Eso es lo que se nos promete como nación.

Pero en la práctica, muchas veces pasa otra cosa. El pragmatismo político —cuando solo se piensa en lo que conviene en el momento— termina alejando a los gobiernos de ese ideal. Se gobierna para ganar elecciones, para quedar bien con algunos sectores o para mantener el poder, y la Constitución queda como un discurso bonito que se menciona, pero no siempre se cumple.

Esa forma de hacer política convierte muchas ayudas sociales en favores, no en derechos. Programas que deberían ayudar a la gente a levantarse se usan para buscar apoyo político. En vez de formar ciudadanos responsables, se crean dependencias, y el Estado social pierde su verdadero sentido.

También se debilita el respeto a la ley. No siempre se aplica igual para todos. A algunos se les perdona, a otros se les castiga. Las instituciones se usan para intereses políticos o económicos, y la justicia deja de sentirse justa para el ciudadano común.

Aunque votamos cada cierto tiempo y hay varios partidos, la democracia muchas veces se queda solo en eso: en votar. La gente participa poco, no se le escucha lo suficiente y los gobernantes rinden pocas cuentas. Es una democracia que funciona bien para quienes mandan, pero no siempre para el pueblo.

En lo económico, se habla mucho de crecimiento y estabilidad, pero eso no siempre se traduce en mejores servicios, menos pobreza o más oportunidades. El país crece, pero muchos siguen quedándose atrás, y la parte social del Estado queda en segundo plano.

Todo esto se apoya en una cultura política de corto plazo, donde pesan más las figuras que las instituciones, donde se desconfía de la política y se ven normales prácticas que no deberían serlo. Así, cada vez se agranda más la distancia entre lo que el Estado dice que es y lo que realmente hace.

Las consecuencias se sienten: la gente pierde la fe en el Estado, se cansa de la política y se rompe la confianza entre gobernantes y ciudadanos. Por eso, hace falta volver a poner la Constitución en el centro, fortalecer las instituciones, convertir las ayudas en derechos reales, recuperar la ética en la vida pública y formar un pueblo consciente de sus derechos y también de sus deberes.

En el contexto dominicano, el pragmatismo político no es solo una estrategia de gobierno, sino un factor estructural de distorsión del Estado social, democrático y de derecho. Mientras la acción política se rija más por la lógica de la eficacia inmediata que por la coherencia constitucional y ética, el sesgo entre lo que el Estado declara ser y lo que realmente hace continuará ampliándose.

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Una agenda pastoral y profética

Frente a esta realidad la participación política de los evangélicos debe estar orientada por una agenda pastoral y profética, basada en una reflexión bíblica y teológica responsable, y no por reacciones emocionales, coyunturales o intereses partidarios.

Cuando la Iglesia adopta las lógicas de confrontación y conveniencia propias de la política tradicional, corre el riesgo de desvirtuar su misión y actuar desde parcialidades ajenas al evangelio. A la luz de la enseñanza de Jesús, la influencia pública debe entenderse como servicio, evitando una visión selectiva del pecado que ignore otras realidades graves que afectan la vida humana y social.

Desde esta perspectiva, se subraya la necesidad de ampliar la mirada ética y profética de la Iglesia para denunciar las injusticias sociales, la desigualdad, la corrupción, la violencia, la exclusión y otras formas de opresión. La Iglesia está llamada a desarrollar una agenda integral que articule lo pastoral y lo profético, orientada a la restauración, la justicia y la vida plena, proclamando el Evangelio de manera plena como mensaje de esperanza, liberación y reconciliación, y anunciando el Reino de Dios con compromiso transformador.

En coherencia con esta misión planteamos el rediseño del currículo teológico como una prioridad. La educación teológica no puede permanecer estática –ya lo hemos dicho en otras ocasiones– sino que debe dialogar críticamente con el contexto histórico, cultural y social, fortaleciendo la centralidad de las Escrituras y la misión del Reino. Este cambio de paradigma implica corregir modelos formativos influenciados por valores que han debilitado el testimonio cristiano, promoviendo en su lugar una formación bíblica rigurosa, sensibilidad pastoral y reflexión teológica sobre justicia social, ética pública, cultura y misión integral.

La urgencia que nos ocupa como iglesia es construir una agenda pastoral y profética contextual, capaz de guiar la acción pública de la Iglesia sin caer en el pragmatismo político ni en manipulaciones externas. Esta agenda debe recuperar la voz profética frente a la corrupción y la injusticia, denunciar la opresión y anunciar el evangelio de forma integral, manteniéndose fiel a la misión establecida por Jesucristo y orientada a la transformación de la sociedad conforme al Reino de Dios.

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